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CALENTANDO MOTORES

Siento entrar con un día de retraso para contároslo, pero ayer me resultó imposible entrar y contaros las novedades. Ayer volví a la clínica; me habían indicado que debía volver cuando estuviese a punto de acabar las anticonceptivas y así lo hice. Pensé que se trataría de una consulta rutinaria para ver cómo estaba todo por ahí dentro y acabé marchándome para casa con el Gonapeptyl puesto.

¿Qué es el Gonapeptyl? Yo no tenía ni idea y en la clínica no me lo explicaron (a mi gine hay que sacarle las palabras con sacacorchos), pero mis chicas de la #infertilpandy resolvieron mis dudas enseguida y me explicaron que el Gonapeptyl se utiliza para frenar la actividad de los ovarios para empezar un ciclo sustituido de embriones congelados. Cuando la innombrable haga acto de presencia, empezaré con Meriestra para engordar mi endometrio y ponerlo bien guapo para recibir a mis pequeñines.

He estado investigando un poco y en muchas páginas sobre reproducción asistida dice que el Gonapeptyl se emplea en los tratamientos de FIV con protocolo largo para crear una menopausia artificial en casos por ejemplo de endometriosis o pólipos, con lo que éstos se reducen en la mayoría de los casos.

En fin, que esto es un mundo y se utiliza para diferentes procedimientos, pero lo importante es que frenará la actividad de mis ovarios y en breve empezaré con Meriestra y progesterona.

El gine me aseguró durante la ecografía que todo estaba bien, que los ovarios estaban parados y que no había nada malo que fuera a modificar nuestros planes de la transferencia (hablábamos de quistes, me imagino, ya que mi cuerpo es un experto en fabricarlos en cantidades industriales).

Me vestí y regresé a la consulta, en donde se me explicó la pauta a seguir: pinchar Gonapeptyl ese mismo día, terminar las anticonceptivas, esperar a que me venga la regla y empezar con la Meriestra al segundo o al tercer día (me lo confirmarán cuando llame por teléfono para informar de que la innombrable ha hecho acto de presencia). Una semana después de estar tomando la Meriestra (dos pastillas por la mañana y una por la noche), vuelvo a la clínica para ver como le va a mi endometrio y ahí me indicarán cómo seguir.

Me pinché el Gonapeptyl en la clínica, fui a comprarlo a la farmacia y la enfermera de eterna sonrisa me pinchó en un abrir y cerrar de ojos y pude marcharme.

Así que esto marcha de nuevo, la segunda transferencia está a la vuelta de la esquina. ¿Cómo me encuentro? Asustada, la verdad. La inocencia y la ilusión de la primera vez han desaparecido y ahora solo siento un miedo atroz a que se vuelva a repetir lo mismo de la otra vez. Sé que a medida que se aproxime la fecha de la transfer recuperaré la ilusión de nuevo, pero ya no será igual, no será tan emocionante ni esperanzadora. Pienso en mis peques, en mis dos soles brillantes que están esperándome y se me escapa una sonrisa, pero automáticamente me reprendo a mí misma por volver a ser tan ingenua.

No os voy a mentir, tengo miedo de otro negativo. Es imposible no tenerlo después de dos IA y una FIV negativas. Parece que estoy destinada a recibir negativos, que las buenas noticias no son para mí. Estoy deseando que las cosas cambien, que por fin recibamos una buena noticia, pero no puedo evitar esconderme en mi coraza para no sufrir más de lo necesario. Estoy cansada de que las cosas no nos salgan bien (en general, ya no hablo solo de los tratamientos), de que tengamos que luchar tanto para conseguir nuestras metas, de que esta maldita infertilidad no nos dé tregua en ningún momento.

A veces pienso que no puedo crear vida, que eso no va ni conmigo ni con mi cuerpo. No entiendo por qué hasta ahora nada ha funcionado. 5 ciclos de Omifin, relaciones programadas, 2 IA y una FIV negativas. Para mí, demasiado. Quiero creer que los sueños se cumplen, que todas nosotras tendremos a nuestros bebés como recompensa de este duro camino, pero a veces no puedo evitar verlo todo negro. En ocasiones pienso que no lo voy a conseguir, que eso solo le ocurre a unas cuantas afortunadas y que yo no pertenezco a ese grupo de ganadoras. Intento desterrar ese tipo de pensamientos porque no me hacen ningún bien, pero reconozco que el negativo de la FIV me ha dejado bastante tocada.

Intento estar bien por Rubio, porque él no se merece que lo bombardee con malos pensamientos o ideas pesimistas. Él es una persona optimista, una persona que siempre tira hacia adelante a pesar de las adversidades, pero sé que en el fondo también está cansado, cansado de que todo nos salga del revés. Sin embargo, siempre tiene una sonrisa en la cara para mí y el “Todo saldrá bien” que tanto me tranquiliza y me gusta escuchar. La tempestad y la calma, juntos en busca de su bebé.

Deseo con todas mis fuerzas que este 2015 me demuestre que no hay nada imposible y que los sueños pueden cumplirse. Bizcochito y Cacahuete están esperándome y reconozco que me muero de ganas de verles en la pantallita, de amarlos, de creer en ellos y de tenerlos dentro de mí. Puede que la ilusión no sea la misma que la otra vez, pero sigo teniéndola, sigo sintiendo mariposas en el estómago cada vez que pienso que muy pronto veré a mis pequeños y contemplaré con amor de madre las fotografías de su diminuto (pero tan grande a la vez) ser.

Como veis, estoy zambullida de lleno en una montaña rusa, incapaz de apearme y controlar mis sentimientos. En el fondo estoy acostumbrada, son más de dos años subida en ella, pero estoy deseando bajarme y abandonarla de la mano de mi hijo (o hijos).

Ahora sí que sí… Empieza la cuenta atrás para la Misión Bizcochito&Cacahuete 🙂 ¡Deseadme suerte!

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SOBREVIVIENDO AL NEGATIVO

Llevo varios días ausente (tanto en el blog como en el Twitter, y también en general en mi día a día) y en parte es debido a que se me ha atragantado este negativo y no consigo hacer desaparecer de mi mente los malos pensamientos o el miedo atroz a que todo se vuelva a repetir.

Cuando viví las dos IA negativas lo pasé mal pero conseguí recuperarme en seguida. Me decía: “Venga Elora, arriba, que con la FIV hay muchas más posibilidades”. Y supongo que me lo creí tanto que cuando me llamaron de la clínica para decirme que no tenían buenas noticias me derrumbé tanto y me caí tan abajo que todavía no he conseguido salir a flote del todo. El negativo de una FIV duele mucho. Muchísimo. Quien haya pasado por uno sabe de lo que hablo. Yo me pasaba el día dándole calorcito a mi embrioncito, hablándole y acariciándome la tripa para que supiera que estoy aquí, que su mami estaría cuidándolo para que se sintiese a gusto y se quedase conmigo. Por las noches, Rubio me besaba la barriga y se dormía hablándome de lo bonito que sería cuando estuviese con nosotros.

El día de la transferencia (que para mí seguirá siendo un momento precioso de mi vida), cuando me llevaron de vuelta a la habitación, Rubio se inclinó sobre mi barriga, la besó con mucha dulzura y susurró: “Por favor, quédate con nosotros”. Por mala suerte, no ha sido así y aunque sé que él hace todo lo posible por animarme, yo no consigo verle el lado bueno a las cosas (al menos, por el momento). He guardado la foto que nos dieron en la clínica de Canica en el cajón de mi mesita de noche y me duele horrores mirarla porque pienso en lo que podría haber sido y no fue. Puede parecer una tontería (y probablemente lo es), pero siento que he perdido una parte que podría haber sido mía, que le he fallado, que no he conseguido que se quedara conmigo…

Y así paso los días, sintiéndome rara y sin reconocerme a mí misma. Yo no soy así. Detesto la tristeza y no suelo caracterizarme por ser una persona horriblemente negativa. Pero esta vez no consigo ver el vaso medio lleno, no veo salir el arcoiris. Ni siquiera comprendo qué es lo que me pasa, pero este negativo me ha calado tan hondo que no logro volver a ser yo. Me está costando un poquitín volver a encontrarme.

A veces tengo ganas de llorar sin motivo aparente y otras veces me encuentro sin ganas de nada, solo me apetece quedarme en casa y leer un libro, y nada más. Y por si no fuera suficiente, el miedo me está matando. Bizcochito y Cacahuete están esperándome y yo me muero de miedo de que se vuelva a repetir lo mismo. Y empiezo a pensar… ¿y si no soy tan afortunada como para conseguirlo esta vez? ¿Y si no se quedan conmigo? ¿Y si tenemos que volver a empezar desde el principio otra vez? ¿Y si…?

Al momento rechazo estas ideas, porque no quiero envenenarme de negatividad cuando mi propia naturaleza es de tirar hacia adelante e intentar solucionar todos los problemas que vayan apareciendo.

Solo quería que supiérais que estoy bien, pero que me está costando un poquitín salir a flote. Saldré, estoy segura de ello, pero puede que esta vez me cueste un poco más de lo habitual. Quiero estar a tope para la segunda transferencia porque mis dos soles brillantes no se merecen que mi estado de ánimo no sea el adecuado para recibirlos. Estoy segura de que a medida que vayan pasando los días y el momento mágico se acerque, volveré a recuperar la ilusión que tuve con Canica y todo volverá a ser como antes.

Sigo con la píldora, todavía quedan muchos días para que aparezca la Señora de Rojo de nuevo (finales de febrero – principios de marzo) y supongo que será entonces cuando tendré que comenzar con la famosa Meriestra. Sigo dándole vueltas al tema de la endometriosis, me tiene bastante asustada, la verdad, así que en mi próxima consulta les expondré todas mis dudas y espero que consigan despejarlas para no darle más vueltas al tema.

Abrazotes gigantescos para todas por preocuparos por mí y siempre estar ahí para cargarme de ánimos 🙂

¡Besotes!

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REFLEXIONES EN UN DÍA LLUVIOSO

Cuando llueve, mi estado de ánimo cambia y progresa al ritmo que marca la lluvia caprichosa. Estoy acostumbrada a la lluvia y me encanta, especialmente durante las noches, mientras estoy metida en la cama con Rubio quedándome profundamente dormida; pero hay momentos en los que mi estado de ánimo es realmente penoso y la lluvia sólo interviene para deteriorarlo.

Y es entonces cuando me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo observando a través de la ventana en silencio, con la mirada perdida mientras la espesa bruma desciende montaña abajo. Entonces meneo la cabeza de un lado a otro, reprendiéndome y obligándome a regresar al mundo real mientras me aparto de la ventana.

La infertilidad ha aportado a mi vida un auténtico carrusel de emociones que todavía no he aprendido a controlar del todo, a pesar de que lo intento con todas mis fuerzas. Últimamente me ha dado por pensar en Rubio, en cómo se esfuerza por arrancarme una sonrisa siempre que puede, en cómo finge restarle importancia a las cosas para que yo no me preocupe más de la cuenta, en cómo se interesa por todo lo que yo hago para ayudarme y distraerme, en cómo siempre está dispuesto a unirse a mis locuras y en cómo finge que no sufre para que yo no sufra más. Y entonces pienso en las veces que he llorado a lágrima viva abrazada a él, maldiciendo nuestra mala suerte y preguntándole una y otra vez por qué nos tenía que pasar esto. Él se limita a abrazarme con más fuerza, reprime sus lágrimas todo lo posible y limpia las mías mientras me repite una y otra vez que las cosas acabarán saliendo bien, que muy pronto estaremos con nuestro bebé.

Siento en el alma si lo he hecho cargar con demasiado peso debido a mis múltiples bajones desde que entramos en el mundo de la reproducción asistida, siento de todo corazón no haber limpiado sus lágrimas más a menudo y acostumbrarme a que él limpie las mías. A veces hecho la vista atrás y me doy cuenta de todo el camino que hemos recorrido para encontrarnos en el punto en el que estamos ahora, de lo mucho que hemos superado, de los obstáculos que hemos salvado, de lo mucho que hemos luchado. Y sé que no estaríamos en este punto si Rubio no hubiese tirado de mí en múltiples ocasiones, si él no hubiese sido el fuerte de los dos, el que es capaz de soportar más peso a su espalda.

Y de la misma forma que sé todas estas cosas, también sé que últimamente está dolido, tal vez enfadado con el mundo, como lo he estado yo tantas veces a lo largo de este camino. Dolido porque nuestro sueño de ser padres se nos resiste, dolido porque todo el mundo a nuestro alrededor lo consigue sin problemas, dolido porque nos ha tocado vivir esto y no una situación más sencilla y fácil de llevar. Y supongo que también está cansado de ser fuerte y no flaquear nunca, de no venirse abajo para que yo no me caiga con él. Y entonces le miro y esos ojos de color miel plagados de pestañas infinitas me dicen que lo intentará de mil y una maneras hasta lograrlo, que lo imposible sólo tarda un poco más y que si las cosas no han salido bien es porque todavía no ha llegado nuestro final feliz, pero llegará. Y yo creo a sus ojos, siempre sinceros y brillantes, y le creo a él, siempre dispuesto a luchar un poquito más.

La infertilidad nos quita muchas cosas, pero también nos enseña a valorar más a las personas que tenemos a nuestro lado y con las que hemos decidido compartir nuestras vidas. Cuando veo a Rubio interesándose por todo lo que me han dicho en la consulta, pidiéndome que no me deje ningún detalle atrás, pidiéndome que le explique otra vez los pasos a seguir de la FIV, preguntándome por mis chicas de la #infertilpandy o haciendo horas extra para que no nos falte de nada y poder pagar el tratamiento sin morirnos ahogados a final de mes…, siento que no podría haber encontrado a una persona mejor con la que compartir mi vida, porque él nunca defrauda y siempre me empuja a continuar.

Odio la infertilidad con toda mi alma, de todo corazón daría todo lo que tengo por cambiar nuestra situación y no tener problemas para tener hijos, pero lamentándome no encontraré soluciones. Quiero creer que cuando mi sueño se haga realidad, apreciaré la maternidad de otra forma y me sentiré profundamente orgullosa de todo el camino que hemos recorrido para tener a ese bebé a nuestro lado.

Ahora que estamos a punto de finalizar el año, que sólo un mes y unos días nos separan de un 2015 lleno de ilusiones y esperanzas, hago balance de este año y me doy cuenta de que, a pesar de que he vivido unos momentos horribles con mis dos IAs negativas y los quistes residuales que no me dejaban en paz, o el mal rato que me han hecho pasar algunas personas con sus comentarios acerca de porqué todavía no tengo hijos, a pesar de todo eso he crecido y mejorado como persona, me he vuelto mucho más selectiva con la gente que me rodea y he aprendido a valorar muchísimo más lo que tengo.

Tengo unos Super Papás geniales que me apoyan en este camino. Tengo al hombre de mi vida a mi lado, demostrándome cada día que el amor todo lo cura. Tengo una familia estupenda, que siempre está dispuesta a acompañarme a todas mis consultas en la clínica. Tengo un apoyo incondicional gracias a la #infertilpandy, las únicas que no me han hecho sentir sola en este camino. Y tengo muchas ganas de luchar por mis sueños, de verlos cumplidos y que crezcan a mi lado.

Hoy este post también está dedicado a vuestros chicos o maridos… porque ellos se lo merecen todo y más. Por todas las veces que han limpiado nuestras lágrimas tragándose las suyas. Sois la fuerza que nos mantiene en pie!

Y después de la lluvia incesante y agotadora, veo salir el arco iris y respiro profundamente, cogiendo fuerzas para un nuevo asalto.

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COMENTARIOS INOPORTUNOS

Últimamente he estado un poco enfada, molesta, con mi situación y con el mundo en general. Enseguida se me pasa, pero a veces me apetece enfadarme con todo lo que me rodea, patalear como una niña pequeña y coger una rabieta. No me suele durar demasiado, suelo despertarme de bastante bien humor al día siguiente, pero la rabieta durante 24 horas no me la quita nadie.

El otro día estaba yo conversando con una amiga que sabe de lo mío. Sabe que mi mayor sueño es ser mamá, pero que las cosas se me están complicando un poquitín. Me ha visto derramar alguna que otra lágrima, ha conocido la peor parte de mí. Hace apenas un par de meses, me decía que ella todavía no estaba preparada para ser madre, no se veía teniendo un bebé y que, además, prefería esperar un tiempo y que lo que más le haría ilusión era que yo lo consiguiese, porque sabe lo mucho que lo deseo. Le agradecí sus palabras y le dije que se plantease ser madre cuando estuviese preparada, cuando ella sintiese que había llegado el momento. Resulta que el otro día, estando con ella y otras amigas, nos dijo que en cuanto empezase el nuevo año, se pondría a buscar el bebé. Me pareció un poco raro, dado que me había dicho lo contrario hacía menos de dos meses, pero tampoco le di mucha importancia. Cada uno es dueño de su vida y de cambiar de opinión las veces que le dé la gana, yo misma he cambiado de opinión en algunas cosas a lo largo de mi vida. Lo que ya no me pareció tan empático (sabiendo lo que me ocurre a mí) fue tirarse toda la tarde hablando de cuando esté embarazada, de lo que quiere hacer cuando esté embarazada, de que si prefiere niño o niña, de la sillita que se compraría, de cómo le llamaría, de qué color pintaría la habitación, de lo mucho que disfrutaría su embarazo… y un largo etcétera.

Unos días más tarde, volviendo al mismo tema, me dejó caer disimuladamente que había preferido no esperar porque no quiere que le pase lo mismo que a mí. Bien, Elora, serénate, coge aire y respira profundamente. Y es entonces cuando yo finjo una sonrisa, pongo buena cara, le digo que no piense tan negativamente y cuando regreso a casa estoy hecha una auténtica mierda. Y es que estoy cansada de ser cuidadosa y empática con los demás y no recibir la misma moneda a cambio.

Estoy cansada del inoportuno “Seguid esperando, ¡ya os arrepentiréis de no haberlos tenido antes!”, del consabido “¿Y vosotros para cuándo?” o del recién estrenado “Vais a tener que encargar el bebé a los Reyes Magos, a ver si así os animáis de una vez”, haciendo referencia a las futuras fechas navideñas… Pues mire señora, no me toque más los clarinetes, porque en algún momento dejaré de ponerle buena cara y mandarla a un buen sitio que yo me sé.

Y, a veces, sólo a veces, tengo ganas de explotar y gritarle al mundo que me deje en paz, que se pare porque yo me bajo. Las cosas no son tan fáciles como la gente se cree, a veces todo sale del revés. Porque lo último que se imaginan es que una pareja tan joven como nosotros tenga problemas para tener un bebé.

Y ahí estamos nosotros, un par de enamorados deseosos de ser papás. A veces contemplo nuestra historia desde fuera, como parte del público de una obra, una mera observadora de la vida de unos jóvenes que luchan contra la frustración y la infertilidad. Y ahí está esa bonita pareja, ilusionada, embarcándose en la aventura de la búsqueda de su bebé. Sí, empiezan con mucha ilusión, eso está chupado, en un par de meses lo habrán conseguido. ¿Cuál sería la forma más original de decírselo a las familias? ¿Qué tal si ella se pinta algo en la barriga, él le saca una foto y se la envían a sus padres? ¡Imagínate la cara de esos futuros abuelos, darían saltos de alegría! Sí, eso parece una buena idea, pueden hacerlo cuando tengan su positivo, que seguro que está al caer. Después de unos meses de intentonas prueban con los test de ovulación y entra en juego el “hoy toca y mañana no”, y si te duele la cabeza da igual, porque hoy toca y no te puedes escapar, y si estás cansado de trabajar lo lamento mucho, pero esto es lo que hay. Empiezan a inquietarse un poco pero no lo quieren reconocer y la gente de su alrededor comienza a decirles que se relajen, que esa es la clave para todo…

Y cuando están a punto de cumplir su primer año de búsqueda se encuentran con que no tienen bebé, que todavía no lo han conseguido y se sienten más perdidos que un pulpo en un garaje. Y ella comienza con un nuevo ritual diario: onagra y ovusitol, el santo grial para la infertilidad, o eso pensaba. Pero nada funciona y buscan un doctor que les ayude, pero no resulta fácil porque hay mucho incompetente con título, hasta que por fin encuentran a uno dispuesto a echarles una mano. Y venga analíticas hormonales; ella, que siente auténtico pavor de las agujas, se cura de sus fobias en contra de su voluntad.

Vaya, esa FSH está un pelín alta. Uy, el estradiol qué mal está. Caray, qué hormonas más locas tienes. Venga, vamos a hacer más analíticas, a ver qué pasa. Y aparece el SOP, ese puñetero que no la deja bajar de peso. Y les recetan Omifin, y ellos piensan que ahora sí que sí, ahora sí que lo van a conseguir porque esas pastillitas son la solución a todos sus problemas. Tienes que tomártelas de tal día a tal día, y tenéis que mantener relaciones estos días en particular, y veréis qué pronto os quedáis embarazados. Y venga, pastillitas al canto, y si en unos meses no lo conseguís, volvéis por la consulta.

Se encuentran con que ha pasado más tiempo del que les gustaría, que San Omifin no ha funcionado y mientras a su alrededor la vida sigue, hay embarazos y bebés por todas partes y comienza la dichosa frasecita: “¿Y vosotros para cuándo?”. La lista de la seguridad social es muy lenta y empieza el peregrinaje por las clínicas de fertilidad hasta que una parece convencerles lo suficiente como para dejarse el sueldo entero allí. Llega el momento de la temida histerosalpingografía, no era para tanto, sale airosa de la prueba. Empiezan las inseminaciones y se sorprenden de lo caro que es el mundo de la infertilidad, ¡nunca habían gastado tanto en una farmacia! Y ella casi se desmaya al contemplar las dichosas agujas y jeringuillas, y aunque en la clínica le proporcionan una clase rápida de enfermería y de cómo aplicarlas, ella siente auténtico pavor cada vez que tiene que preparar la dosis.

¿Y durante cuándo tiempo se tiene que pinchar? Pues no se sabe, porque debido a su SOP no se sabe cómo va a reaccionar su cuerpo. Y se pincha como buenamente puede durante diez días, reprimiendo el miedo y la angustia, y se siente una auténtica campeona. Controles cada tres días, su cuerpo reacciona bien, inseminación programada para tal día. Ay, no, que su marido tiene que trabajar ese día y le tocará ir sola. Bueno, no pasa nada, él llevará la muestra primero y ella aparecerá una hora más tarde. Y creen que esta vez sí que lo van a conseguir, porque ya les toca, ¿no? Pero no, a cambio obtienen un negativo como una casa y lo vuelven a intentar. Pero hay que pararlo todo durante un mes al menos, ha salido un quiste residual y así no se puede continuar. Más controles, píldora anticonceptiva y esperar que el dichoso quiste de las narices haya desaparecido. La doctora da el visto bueno por fin, vuelven a empezar y otra vez los pinchazos en la barriga, controles, excusas y mentiras en su entorno, nueva inseminación programada y nuevas esperanzas. Esa vez sí que puede acompañarla su marido, y qué bonito sería salir de allí embarazados, ¿verdad? Pues no, porque cuatro días antes de la beta ella empieza a manchar y todo se acaba. Negativo otra vez.

Después de todo esto, de los malos momentos y las lágrimas, ella sale a pasear con sus perritos, buscando desconectar y evadirse del mundo cuando una vecina inoportuna le pregunta: “¿Estás embarazada? Es que te veo más ancha y a mí me pasó justo eso cuando me quedé embarazada…” Y ella finge una sonrisa e intenta no estrangular a esa vecina chismosa que tanto daño le ha hecho con sus palabras.

“Y vosotros, ¿no tenéis pensado tener hijos?”, les dicen, y ella siente que se rompe por dentro, que ya no puede más, que las fuerzas empiezan a fallar… Y, mientras, todo el mundo a su alrededor es más fértil que ellos, la pareja más inesperada se queda embarazada y mientras ellos continúan luchando cada día para vivir el momento que viven los demás. Se pasan a FIV, se hacen más pruebas y ahora sólo esperan el momento adecuado para empezar, con sus esperanzas e ilusiones machacadas y bastante doloridas. Y, entonces, cuando ella se siente más frágil y vulnerable, una amiga le dice que no quiere pasar por lo mismo, que no quiere tardar tanto en ser mamá.

Y ella… ella solo puede fingir una sonrisa y reprimir las lágrimas, ya saldrán cuando llegue a casa y se acurruque en el sofá sintiéndose pequeñita.

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HAY UNA EXTRAÑA EN MÍ

A veces creo que no me reconozco. A veces sospecho que hay una extraña conviviendo en mi interior que desbarajusta mis pensamientos y mis ideas más profundas. Porque a veces, en la gran mayoría de las ocasiones, me siento cambiada, distorsionada, modificada en contra de mi voluntad. Siento que ya no soy la misma y, echando la vista hacia atrás, he llegado a reconocer que me costará mucho esfuerzo ser la persona que era antes: despreocupada, ingenua, soñadora… incluso más feliz, menos triste.

Estos últimos días (o semanas) no han sido fáciles para mí. En el fondo de mi ser, sabía que me pasaría factura el no haber derramado ni una sola lágrima después de mi segundo negativo. Soy una persona muy emocional, me cuesta horrores controlarme y cuando tristemente comprendí que no llegaría a la beta, fui incapaz de llorar. Ni una sola puñetera lágrima. Ese día me transformé en una persona fría como el hielo, distante, cubriéndome de una capa de indiferencia que consiguió hacerme sentir que el dolor no era mío, que la situación no iba conmigo, que todo el asunto de la infertilidad me resbalaba completamente. ¿Otro negativo? Bah, qué más da. ¿Todas mis ilusiones al cubo de la basura? ¡Pues que se vayan! ¿Y qué vas a hacer ahora, bonita, vas a llorar hasta quedarte sin lágrimas? Que le jodan, ni siquiera me apetece venirme abajo.

Al menos, eso pensaba yo. Los días posteriores al negativo los viví como si no hubiera pasado nada. No me apetecía pensar en el tema, lo último que me apetecía era trazar un nuevo plan de ataque. Qué más da. Y conforme han pasado los días, una sensación muy incómoda se ha ido instalando dentro de mí. Una sensación de miedo brutal, de desazón, de dolor inmenso por lo que pueda pasar. Tengo que reconocer que la ilusión con la que comencé la búsqueda de mi bebé ha desaparecido en cierta medida. Yo empecé esta dulce búsqueda pensando que las cosas serían mucho más fáciles, que sería cuestión de tiempo que nuestro pequeño llegase a nosotros; sin embargo, dos años después, la sensación que describe esta situación es totalmente amarga.

Aunque me duela, tengo que reconocer que el segundo negativo me ha hecho mucho más daño que el primero. En mi primera IA negativa lloré hasta quedarme sin fuerzas, descargué toda mi impotencia y mi dolor en cada lágrima derramada y pasados unos días, el dolor se fue mitigando hasta convertirse en una espinita clavada en mi corazón malherido. Pero esta vez ha sido diferente, el cuerpo no me pedía desahogarme, me exigía quedarme como estaba sin mostrar reacciones. Ese muro que he levantado torpemente para protegerme me ha pasado factura porque desde entonces arrastro una losa incómoda y pesada que me acompaña en mi día a día sin poder evitarlo. Y cuando menos me lo esperaba, cuando creía que ya no pasaría, me he encontrado llorando en la soledad de mi cuarto, mirando a través de la ventana caer la lluvia mientras la niebla bajaba lentamente desde la parte más alta de las montañas. Y así, en silencio, admirando la belleza de mi alrededor, yo me descomponía en lágrimas llenas de dolor, frustración e impotencia. La peor de las lágrimas.

He explotado. Demasiado tiempo reteniendo en mi interior sentimientos que se me atragantaban en la garganta. Demasiado tiempo soportando un dolor incomprensible en mi pecho. Demasiado tiempo fingiendo ser alguien que no soy, engañándome a mí misma de que el segundo negativo tampoco dolía tanto.

Y del mismo modo que sé que no me encuentro en el mejor de mis momentos, sé que resurgiré de mis cenizas para afrontar un nuevo proceso con la mejor de mis sonrisas. A pesar de las circunstancias hay que ser positivos y enfrentar los miedos. No es fácil, pero voy a intentarlo. Quiero intentarlo.

Tengo muchas esperanzas depositadas en nuestra inminente FIV, puede que sea la solución idónea para nosotros y por fin podamos sentir que esta pesadilla ha llegado a su fin. De todas formas, prefiero ser precavida y dar pequeños pasos; decidida pero con los pies en la tierra.

Y, algún día, puede que todo esto sólo sea un recuerdo de la lucha más intensa de toda mi vida.

Seguiremos intentándolo volcando nuestra ilusión en cada intento porque creo firmemente que ese bebé cada vez está más cerca de nosotros. Te esperamos, mi cielo, no puedes imaginarte con cuánto anhelo.

Duerme, duerme, aquí estaré,

las nubes serán tu colchón.

Que ni el viento ni la brisa te dejen

de acariciar, pues tú eres mi DON.

Duerme, duerme…

Te quiero, tesoro. De un modo que hasta duele.

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MOMENTO DE TOMAR DECISIONES

El pasado lunes 29 de septiembre, el día en el que debería haber sido mi beta, acudí a la clínica citada por mi doctora para tratar el tema de las IA’s negativas. La consulta fue muy amena, es una doctora joven y sonriente que ha conseguido empatizar y encajar conmigo a las mil maravillas, y no dudé ni un segundo en trasladarle todas mis dudas y temores.

Ella comenzó disculpándose por mi negativo (evidentemente no es culpa suya, pero se disculpó de verdad y sus palabras parecían realmente sinceras), me dijo que lo sentía mucho y que le dolía ver que las cosas se complicaban para una pareja joven como nosotros. Le agradecí sus palabras y le pregunté qué es lo que se supone que tenemos que hacer ahora. Ella me habló de una tercera IA, me comentó que en la clínica suelen recomendar tres IA y que si éstas resultan ser negativas, entonces es cuando te derivan a una FIV. Por supuesto, me recordó que ella sólo me está aconsejando y que la decisión es totalmente personal y que depende de nosotros hacer una cosa u otra. Me habló también de realizar una tercera IA inyectándome más cantidad de hormonas para así inseminarme con varios folículos, todo lo contrario a las dos veces anteriores en las cuales conseguí un folículo dominante gordito y precioso. Y si esta tercera IA tampoco funcionaba, cambiarnos a FIV – ICSI.

Por un momento pareció convencerme porque la idea de una tercera IA con mayor medicación no me pareció tan descabellada. Sí, me apetecía intentarlo una vez más, realizar una tercera vez una técnica sencilla antes de meterme en palabras mayores. Una tercera IA rondaba por mi cabeza y estaba decidida a someterme a ella. Pero entonces me paré a pensar y otras ideas aplastaron mi entusiasmo.

– ¿Y si tampoco lo consigo con esta IA? Tendría que someterme igualmente a una FIV, ¿verdad? Vamos, que habré perdido el tiempo y también dinero-le dije.

– Sí, así es. No puedo prometerte ni asegurarte que una tercera IA sea la definitiva. Si no funciona, os derivaría a tu marido y a ti a una ICSI. La decisión es tuya, piénsatelo unos días y me dices, ¿de acuerdo?

He dudado muchísimo, lo he pensado otro tanto, pero al final creo que ya hemos tomado una decisión. Por mi parte, las IA’s me resultan muy duras y me desgastan bastante psicológicamente hablando. Ese porcentaje tan escaso de posibilidades de éxito no me parece suficiente para las grandes ilusiones que he depositado en ese tratamiento. No me apetece, sinceramente, volver a pasar por otra. Por la parte de Rubio… él no le ha dado muchas vueltas al tema. Un 50% de posibilidades de una ICSI frente a un 20% de una IA, los números hablan por sí solos. Después la naturaleza también tendrá algo que decir y nunca se sabe lo que puede llegar a pasar, pero al menos jugaríamos con un porcentaje de éxito considerablemente mayor.

¿Que por qué una ICSI? La doctora me ha dicho que es la técnica que se recomienda (además de otros casos) en casos de haber probado varias IA’s y no haberlo conseguido. Estoy muy contenta y con muchas ganas de empezar, pero a la vez no puedo evitar sentir miedo por lo que pueda pasar.

Antes de ponernos manos a la obra, la doctora me ha pedido un nuevo análisis de hormonas para medir otra vez mi FSH, LH, TSH y prolactina y ha incluido dos aspectos nuevos que nunca me habían mirado hasta ahora: el índice de insulina y glucemia. La verdad es que siento curiosidad por saber el resultado de estos últimos, en especial porque están relacionados con el SOP y aunque a mí me han diagnosticado el SOP hace varios años, nunca me han realizado ninguna prueba para comprobar la resistencia a la insulina y esas cosas. Así que toda prueba es buena para descartar futuros problemas y comprobar que todo funciona más o menos bien (todo lo bien que se puede teniendo ciclos irregulares y falta de ovulación, por supuesto).

Con la próxima regla me haré las analíticas y si todo está bien, quizás en noviembre podamos comenzar a recorrer este nuevo camino que nos acerque un poquito más a alcanzar nuestro sueño.

Mil gracias a todas por vuestros comentarios de ánimo, por vuestro interés permanente y por el cariño que me hacéis sentir a pesar de leeros a través de una pantalla de ordenador. Sois increíbles, todas y cada una de vosotras, no lo olvidéis nunca!

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LA INFERTILIDAD Y YO

Siempre he sido una soñadora. Sí, soy de esas personas que sueña despierta constantemente. Bueno, en realidad, lo era. Uno de los aspectos que la infertilidad ha cambiado en mí es mi espíritu soñador. Lo sigo teniendo, pero en menor medida. Sueño y sueño que mi deseo se haga realidad, pero me he dado cuenta de que esto no es coser y cantar, no es llegar y salir victoriosa; esto es mucho más: incertidumbre, miedo, dudas, lágrimas…

Me gusta poner la música a todo volumen cuando estoy sola en casa y cantar hasta quedarme sin voz. Siempre hago reír a mis amigas, ellas se lo pasan pipa conmigo. Me chifla pasar tiempo con mis peludetes, ellos son mi vida entera! Les hablo como si pudieran entenderme y me muero de risa cada vez que hacen algo gracioso (que suele ser muy a menudo!). Me encanta salir a cenar fuera con mi marido, pasar tiempo con él y reírnos a carcajadas hasta que me duele el estómago. Esa, en esencia, soy yo. Esos días soy yo, la de siempre, la chica soñadora que habla con sus perros y se ríe por cualquier cosa. Y, otros días, ni siquiera me reconozco.

A ratos creo que no soy la misma, que he cambiado. Hay días en los que me siento absolutamente perdida y aterrada, buscando la salida de un problema que no sé si tiene un final feliz. Lucho contra algo que jamás imaginé que me pasaría. La infertilidad ha trastocado tanto mis planes que me encuentro a la deriva, desorientada y terriblemente asustada. Creo que siempre he sabido que quería ser madre, había algo en mi interior que me decía que eso era para mí, que me encontraría como pez en el agua entre pañales, noches sin dormir y un bebé en mis brazos. Supe, desde muy pronto, que ser mamá lo sería todo para mí y ahora me encuentro aterrorizada por si nunca lo consigo.

Rubio no lo tenía tan claro como yo. Sí, él quería ser padre, pero no tenía tanta prisa como yo. A medida que fueron pasando los años, vi ese cambio que se estaba gestando en él: jugaba con los niños, les escuchaba, les hablaba, se lo pasaba en grande con ellos. Y supe que él también se moría por ser papá. Y su deseo es tan grande, su ilusión es tan gigantesca, que cada noche me acuesto con el dolor de saber que, por ahora, no puedo darle lo que tanto desea. Y esa es la puñetera verdad: nuestro bebé no llega y yo le veo sufrir. Sufre por mí, sufre por nosotros, sufre porque no siempre puede detener mis lágrimas, sufre por lo que nos está pasando y no lo puede solucionar.

La infertilidad es una mierda, de las grandes y de las gordas. Modifica todos los aspectos de tu vida, dejándote dolorida y asustada como no lo habías estado jamás. Antes me encantaba tener a los bebés en mis brazos, era una de esas locas que siempre ponía caras graciosas a los niños cuando no miraban sus madres. Ahora intento no hacer esas cosas. No me malinterpretéis, de verdad, no soy una persona maligna y despreciable. Simplemente no me gusta sufrir. Me duele en el alma ver lo que yo no puedo tener, de modo que intento pasar el menor tiempo posible rodeada de niños por mi bien. Es como una coraza, un muro que he levantado a mi alrededor para protegerme y no sufrir más de la cuenta. Por alguna extraña razón, a los niños les encanta pasar tiempo conmigo y aunque no puedo evitar mirarles con una ternura desmedida y un cariño infinitos, siempre siento un pinchacito en mi corazón que me advierte de que me ponga en guardia, de que no haga desaparecer mi coraza con tanta rapidez.

No poder ser mamá es lo peor que me ha pasado jamás. Lucho contra algo que no sé si podré derrotar algún día. Muchas veces me pregunto: ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿Por qué nosotros?, pero esas preguntas nunca tienen respuesta. Es algo que me ha tocado vivir y punto, no puedo darle muchas vueltas.

Las dos IA negativas a las que me he sometido me han hecho mucho daño. Deposité en ellas todas mis ilusiones, todos mi sueños, mis deseos más profundos… y los de Rubio también. Pero la infertilidad se ha encargado de ponerme los pies en la tierra, de hacerme ver que esto no es tan fácil como yo me pensaba. Y ahora, descontando el tiempo para comenzar la FIV, siento que estoy muy asustada. ¿Funcionará? ¿Se cumplirá mi sueño por fin?

Sé que con Rubio a mi lado puedo hacer frente a cualquier cosa, pero no me gustaría quedarme sin fuerzas antes de llegar al final. No voy a rendirme hasta tener a ese bebé entre mis brazos, lucharé lo que sea necesario y aunque todo sea tan difícil no dejaré de pensar que algún día lo conseguiremos.

No dejaré de buscar ese bebé tan especial porque sé que a su lado está nuestra felicidad más absoluta.

Te esperamos, mi cielo.

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