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BETAESPERANDO

Ahora comprendo porqué una betaespera es tan dura. Todo el proceso de la IA avanzó rapidísimo entre controles ecográficos, dosis de medicación, pinchazos, etc, y apenas tenía tiempo para pensar qué pasaría después. Pero ahora es diferente. La betaespera es diferente. Son quince días de incertidumbre en los que no sabes qué va a pasar. Quince días en los que puedes convertirte en la mujer más afortunada del mundo o simplemente rozar tu sueño con las yemas de los dedos. Quince días que transcurren lentos, monótonos, lo suficiente como para que me dé tiempo a pensar en cosas no tan positivas. Y, aunque estoy muy tranquila, no puedo evitar ponerme nerviosa a ratos.

En la betaespera son muchas ideas las que pasan por tu cabeza. ¿Qué pasará? ¿Saldrá bien o no? ¿Tendré que seguir intentándolo? ¿Tendré que continuar siendo fuerte? ¿Llegaré a la beta o me bajará la regla antes? ¿Cómo asimilaré esta vez un negativo? Porque no nos engañemos, este negativo no tendría nada que ver con los anteriores. No, nada que ver. Los anteriores desaparecerán de un plumazo si mi beta resulta ser negativa. Esta vez estamos hablando de palabras mayores: estamos hablando de un tratamiento de reproducción asistida, no de varios encuentros amorosos en mi cama con mi marido. Aquí entra en juego una ilusión desmedida, una esperanza arrolladora, un miedo voraz y, además, un gasto económico a tener en cuenta. Este negativo sería diferente a los demás. Sería más doloroso, más amargo, más… devastador. Sería la culminación del desastre, una infértil entre las infértiles.

Detesto ser infértil, pero es lo que me ha tocado ser. Podría haber sido una violinista experimentada que deja con la boca abierta a quien la escucha interpretar, pero no ha sido así. Me ha tocado no poder ser madre. Me ha tocado luchar para poder tener un bebé. Me ha tocado vivir con la infertilidad.

Vivir con la infertilidad es no saber si algún día se cumplirá tu sueño. Es ver cómo todo el mundo a tu alrededor tiene hijos y tú continuas esperando, deseando que esta pesadilla se acabe de una vez. Vivir con la infertilidad es sentir como se te rompe el alma cada vez que coges en brazos a un bebé que, evidentemente, no es el tuyo. Sentir su cuerpecito diminuto contra el tuyo, oler su piel, abrazarlo con fuerza y preguntarte si algún día podrás tener uno propio.

Vivir con la infertilidad es convivir con el miedo y la esperanza a partes iguales. Yo nunca había sentido tanto miedo hasta que entré en este mundo de consultas y tratamientos hace un par de años y reconozco que, cuanto más tiempo pasa, más aterrada estoy. Vivir con la infertilidad es aceptar que hay un nuevo “yo” en ti. Una mujer diferente, una mujer luchadora, perseverante, dispuesta a todo por conseguir su sueño. Y una mujer menos alegre, en ocasiones. Una mujer cansada de luchar, de sentir que todos sus esfuerzos caen en saco roto. Sí, la infertilidad es así. Nos cambia. Cambia nuestra perspectiva de la vida, nuestra forma de ser, nuestra forma de sentir.

Vivir con la infertilidad es aceptar con una sonrisa fingida en el rostro las horribles preguntas acerca de tu no maternidad. ¿Y vosotros para cuándo? ¿A qué estás esperando? Vivir con la infertilidad es no romperte por dentro cada vez que una íntima amiga te dice que está embarazada. Porque tú también querrías vivir ese momento y no sabes si algún día lo conseguirás.

Es vivir con incertidumbre y con dudas continuamente. Es vivir con el miedo más aplastante de todos: ¿Seré mamá algún día? Vivir con la infertilidad es sentir un pinchacito en el corazón cada vez que compras ropita de bebé para el hijo de una amiga que acaba de dar a luz. Es contemplar con ojos emocionados esos pijamitas tan chiquititos y sentir miedo de no comprarlos nunca para tu propio bebé.

Vivir con la infertilidad es sentirte incomprendida en ciertas ocasiones. Para muchas, no somos más que envidiosas que no sabemos alegrarnos de los embarazos ajenos. Nos alegramos, claro que sí. Yo no lo llamaría envidia, sino un dolor angustioso a que nunca puedas vivir esa experiencia que dicen que es maravillosa.

Como veis, la betaespera da para mucho. Aunque he vuelto a incorporarme al mundo laboral, sigo dándole vueltas al tema a pesar de tener la mente ocupada en el trabajo. Cualquier esfuerzo más o menos significativo me hace sentir horriblemente mal, como si le estuviera fallando a mi Pequeña Canica, como si estuviera fastidiando mis posibilidades en la IA. Aunque en la clínica me dejaron muy claro que podría hacer vida normal sin ningún tipo de problema, me siento fatal cada vez que hago grandes esfuerzos. Llamadme tonta o paranoica, pero es lo que hay. Sí, la infertilidad también me ha dotado de cierta paranoia.

Me siento especialmente sensible y todavía no comprendo del todo porqué. Esta noche me desvelé a las seis de la mañana y no conseguí volver a dormirme hasta que Rubio se fue de la cama para ir a trabajar. No paraba de pensar en si no lo conseguíamos, en si recibíamos un negativo como resultado. ¿Cómo afrontarlo? Desconozco si estoy preparada para ello. Sé que las posibilidades son minimas, soy consciente, y también sé que esto no es llegar y cantar victoria (aunque ya nos gustaría a todas que fuese así de sencilo, ¿verdad?), pero a veces me apetece soñar y pensar que algo muy bueno está esperándome a la vuelta de la esquina. Lo que tenga que ser, será, y supongo que es esa incertidumbre la que me está volviendo loca a ratos intermitentes.

Hace unos días caminaba por el centro de mi ciudad cuando, por pura casualidad, pasé por delante de una tienda de accesorios de bebé. Y digo por pura casualidad porque, por norma general, suelo evitarlos y no mirar sus escaparates. Pero algo me hizo detenerme y contemplar aquellas cunas y cochecitos tan bonitos. Y me pregunté si algún día tendría el privilegio de entrar allí y comprar algo para mí, para mi Canica. Se me puso un nudo en la garganta y me marché más triste de lo que había llegado.

Cuántos sentimientos arremolinados en mi cabeza, ¿verdad?

DSC01524Grandullón Amoroso dándome todo su cariño

en estos días tan importantes para mí.

Su mirada es de lo más tierna y pura, ¿verdad? 

Ahora sólo queda esperar. Todavía faltan cinco días para salir de dudas, si la indeseable no hace su aparición antes. El próximo cuatro de agosto sabremos qué pasa! Mientras tanto, combato los malos pensamientos con música, series por internet y tiempoterapia con mi Rubio favorito.

Serás feliz, me dijo la vida, pero primero te enseñaré a ser fuerte.

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EL SENTIMIENTO DE CULPA

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El sentimiento de culpa es tan traidor y carroñero que provoca, en ocasiones, que dudes incluso de ti misma. Cuando entras de lleno en el mundo de la Infertilidad, a lo largo del camino experimentas diferentes estados y sentimientos que te pondrán a prueba de un modo terriblemente cruel. Uno de esos sentimientos es la culpa.

Rubio y yo hemos discutido mucho sobre el tema y jamás nos hemos puesto de acuerdo al respecto. Inevitablemente, siempre me he sentido culpable de que no seamos papás. Una sucesión de problemas en mí (SOP, FSH regulera, ciclos anovulatorios, ausencia de menstruación, etc) han imposibilitado el poder cumplir mi sueño y, por lo tanto, el sueño de Rubio. No puedo dejar de pensar que si Rubio hubiera decidido compartir su vida con otra mujer, probablemente ya sería papá. Y eso duele. Duele muchísimo.

El sentimiento de culpa es como una mochila que llevas a tu espalda y que vas llenando de piedras a medida que avanzas en tu camino. Al principio, es una mochila llevadera. No pesa demasiado y te mueves con agilidad y rapidez. Pero, después, empieza a resultar pesada. Caminas más lentamente y la espalda te duele a horrores. Y, llega un momento, que ya no puedes avanzar porque pesa demasiado. Y paras. Te detienes. Te devora tu propio miedo.

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Miedo a que nunca seas madre. Miedo a que tu sueño no se haga realidad. Miedo a tener que abandonar. Miedo a tener que asimilar una vida sin hijos. Miedo a que él te considere culpable. Miedo a sentirte inservible. Miedo… Miedo a no tener la casa desordenada y llena de juguetes mientras las risas de unos niños arropan cada esquina de tu hogar.

Cuando el sentimiento de culpa se mezcla con el miedo, la mezcla puede llegar a ser explosiva. Te sientes culpable y la única responsable de no poder formar una familia, y automáticamente el miedo a no ser madre jamás te hunde todavía más en el lodo. Como si no tuvieras ya suficiente! Rubio se enfada cada vez que me escucha decir que todo es culpa mía, que me siento totalmente culpable de lo que nos está pasando. “¿Culpable de qué? ¿De intentarlo con todas tus fuerzas?”, suele decir. “No es tu problema, es de los dos. Esto es cosa de dos”. Entonces viene hacia mí y me abraza tan fuertemente que los pedacitos de mi corazón roto vuelven a juntarse como por arte de magia.

Rubio quiere aparentar que no sufre delante de mí. Él prefiere guardarse sus problemas para animarme, para arrancarme una sonrisa, para hacerme olvidar. Rubio soporta demasiada carga. Tira de él y de mí desde hace bastante tiempo y jamás le he escuchado quejarse. Él me mira, con esa mirada suya tan increíble plagada por sus espesas pestañas, y me pide que camine con él, que no deje de intentarlo jamás.

El miedo a no poder ser madre es el miedo más doloroso que he experimentado en mi vida. Es un miedo incierto, cruel y despiadado que me quita el sueño en incontables ocasiones. Porque no me imagino formando parte del pequeño porcentaje de mujeres que no consiguen su embarazo a pesar de los tratamientos de reproducción asistida llevados a cabo. No me imagino resignándome, viviendo una vida excluida del amor de unos hijos, desconociendo el significado del amor más incondicional y puro de todos. No puedo imaginarme una vida sin tener a alguien a quien arropar por las noches, una personita que me haga sentir tantas cosas a pesar de ser tan pequeño, alguien a quien dar todo el amor que llevo dentro, alguien que me arrebate las sonrisas más sinceras y provoque que mi corazón se sienta pleno por completo.

No puedo evitar ser una miedosa. La infertilidad ha despertado sentimientos en mí que desconocía hasta ahora. Me siento más vulnerable, más insegura por momentos, más miedosa de lo que me gustaría. No puedo evitarlo. La infertilidad, para bien o para mal, me ha cambiado.

Ayer llamé a la clínica privada para informarles de que ya tenía en mi poder todas las pruebas que me habían pedido. Me habrían dado cita para esta misma semana, pero el doctor que me ha estado llevando hasta ahora no puede atenderme hasta la próxima semana, así que he decidido esperar y exponerle todas mis dudas a él, con el que ya tengo cierta confianza. Por un momento, Rubio y yo estuvimos a punto de dejarlos de lado y soportar las listas de espera de la Seguridad Social. Lo cierto es que últimamente ambos éramos un mar de dudas, no sabíamos qué hacer (sobre todo yo). ¿Nos metíamos de cabeza en un tratamiento privado o nos comíamos una lista de espera que no nos aportase un gasto económico?

Rubio no quiere esperar más. Quiere intentarlo. Y ya que disponemos de algunos ahorrillos, vamos a permitirnos soñar un poquito, que nunca está de más, ¿verdad? Así que llamé a la clínica y les di luz verde, les dije que adelante, que íbamos a intentarlo. La próxima semana veré a mi doctor, le enseñaré los resultados de la histerosalpingografía y mis analíticas hormonales y él me indicará lo que debemos hacer.

Con suerte, podremos empezar nuestro primer tratamiento este mismo mes. Y ahora que está tan cercano, que apenas faltan unas semanas para meternos de lleno en una IA, siento un miedo inexplicable a lo que se nos viene encima. Supongo que todas sentimos este miedo a lo desconocido antes de empezar, ¿no?

Voy a cogerlo con muchas ganas, pensando en que nuestra suerte puede empezar a cambiar pero con los pies en la tierra, mentalizándome para lo negativo de todo esto para que después la caída sea menos dolorosa. Es un mecanismo de defensa que siempre me ha funcionado y que he puesto muchísimo en práctica desde que conocí a la Infertilidad.

Canica, sonríe! Papá y mamá te buscan incansablemente. Qué completos nos harás sentir, cielo.

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