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LA INFERTILIDAD Y YO

Siempre he sido una soñadora. Sí, soy de esas personas que sueña despierta constantemente. Bueno, en realidad, lo era. Uno de los aspectos que la infertilidad ha cambiado en mí es mi espíritu soñador. Lo sigo teniendo, pero en menor medida. Sueño y sueño que mi deseo se haga realidad, pero me he dado cuenta de que esto no es coser y cantar, no es llegar y salir victoriosa; esto es mucho más: incertidumbre, miedo, dudas, lágrimas…

Me gusta poner la música a todo volumen cuando estoy sola en casa y cantar hasta quedarme sin voz. Siempre hago reír a mis amigas, ellas se lo pasan pipa conmigo. Me chifla pasar tiempo con mis peludetes, ellos son mi vida entera! Les hablo como si pudieran entenderme y me muero de risa cada vez que hacen algo gracioso (que suele ser muy a menudo!). Me encanta salir a cenar fuera con mi marido, pasar tiempo con él y reírnos a carcajadas hasta que me duele el estómago. Esa, en esencia, soy yo. Esos días soy yo, la de siempre, la chica soñadora que habla con sus perros y se ríe por cualquier cosa. Y, otros días, ni siquiera me reconozco.

A ratos creo que no soy la misma, que he cambiado. Hay días en los que me siento absolutamente perdida y aterrada, buscando la salida de un problema que no sé si tiene un final feliz. Lucho contra algo que jamás imaginé que me pasaría. La infertilidad ha trastocado tanto mis planes que me encuentro a la deriva, desorientada y terriblemente asustada. Creo que siempre he sabido que quería ser madre, había algo en mi interior que me decía que eso era para mí, que me encontraría como pez en el agua entre pañales, noches sin dormir y un bebé en mis brazos. Supe, desde muy pronto, que ser mamá lo sería todo para mí y ahora me encuentro aterrorizada por si nunca lo consigo.

Rubio no lo tenía tan claro como yo. Sí, él quería ser padre, pero no tenía tanta prisa como yo. A medida que fueron pasando los años, vi ese cambio que se estaba gestando en él: jugaba con los niños, les escuchaba, les hablaba, se lo pasaba en grande con ellos. Y supe que él también se moría por ser papá. Y su deseo es tan grande, su ilusión es tan gigantesca, que cada noche me acuesto con el dolor de saber que, por ahora, no puedo darle lo que tanto desea. Y esa es la puñetera verdad: nuestro bebé no llega y yo le veo sufrir. Sufre por mí, sufre por nosotros, sufre porque no siempre puede detener mis lágrimas, sufre por lo que nos está pasando y no lo puede solucionar.

La infertilidad es una mierda, de las grandes y de las gordas. Modifica todos los aspectos de tu vida, dejándote dolorida y asustada como no lo habías estado jamás. Antes me encantaba tener a los bebés en mis brazos, era una de esas locas que siempre ponía caras graciosas a los niños cuando no miraban sus madres. Ahora intento no hacer esas cosas. No me malinterpretéis, de verdad, no soy una persona maligna y despreciable. Simplemente no me gusta sufrir. Me duele en el alma ver lo que yo no puedo tener, de modo que intento pasar el menor tiempo posible rodeada de niños por mi bien. Es como una coraza, un muro que he levantado a mi alrededor para protegerme y no sufrir más de la cuenta. Por alguna extraña razón, a los niños les encanta pasar tiempo conmigo y aunque no puedo evitar mirarles con una ternura desmedida y un cariño infinitos, siempre siento un pinchacito en mi corazón que me advierte de que me ponga en guardia, de que no haga desaparecer mi coraza con tanta rapidez.

No poder ser mamá es lo peor que me ha pasado jamás. Lucho contra algo que no sé si podré derrotar algún día. Muchas veces me pregunto: ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿Por qué nosotros?, pero esas preguntas nunca tienen respuesta. Es algo que me ha tocado vivir y punto, no puedo darle muchas vueltas.

Las dos IA negativas a las que me he sometido me han hecho mucho daño. Deposité en ellas todas mis ilusiones, todos mi sueños, mis deseos más profundos… y los de Rubio también. Pero la infertilidad se ha encargado de ponerme los pies en la tierra, de hacerme ver que esto no es tan fácil como yo me pensaba. Y ahora, descontando el tiempo para comenzar la FIV, siento que estoy muy asustada. ¿Funcionará? ¿Se cumplirá mi sueño por fin?

Sé que con Rubio a mi lado puedo hacer frente a cualquier cosa, pero no me gustaría quedarme sin fuerzas antes de llegar al final. No voy a rendirme hasta tener a ese bebé entre mis brazos, lucharé lo que sea necesario y aunque todo sea tan difícil no dejaré de pensar que algún día lo conseguiremos.

No dejaré de buscar ese bebé tan especial porque sé que a su lado está nuestra felicidad más absoluta.

Te esperamos, mi cielo.

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QUE SEA POSIBLE

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No necesito que sea fácil, sólo que sea posible.

¿Cuántas veces habéis tenido ese tipo de pensamientos? Muchas, ¿verdad? Incluso más de las que os gustaría. Eso mismo se me pasó por la cabeza esta mañana mientras salía de mi consulta de Fertilidad. No estoy pidiendo que sea un camino de rosas, fácil y edulcorado; tan sólo deseo que todo valga la pena. Que este sueño sea posible y no sólo eso, un sueño. Un deseo en la mente de Rubio y mía, una idea que apenas rozamos con los dedos.

¿Cuántas veces habéis sentido que alguien/algo ha decidido elegir por vosotras? ¿Cuántas veces habéis pensado que alguien/algo os ha arrebatado una parte de vuestra propia naturaleza? Un ente cósmico o sobrenatural que nos ha señalado con el dedo y ha decidido que para nosotras no será fácil, que convertirnos en mamás sin dificultades será algo desconocido para nosotras.

Nadie debería sufrir por no poder ser madre. Nadie.

Todas deberíamos poder vivir esa experiencia. Sentir una pequeña vida crecer en nuestro interior, ver cómo nuestra barriga comienza a taparnos los pies, ilusionarnos con cada prenda de ropita que escojamos para nuestro bebé. A mí me gustaría vivir todo eso. Pero al parecer, el destino/karma, llamémoslo como queráis, ha decidido que mi camino es más largo, y también más agotador.

A veces he pensado que he tenido que hacer algo horrible en otra vida para que lo esté pagando en ésta. ¿Por qué se me niega un sentimiento innato en la mujer, un deseo inexplicable de crear vida a través de mi cuerpo? Y cuando te das cuenta de que tus deseos no serán algo inmediato sino todo lo contrario, es cuando empiezas a observar con otros ojos lo que ocurre a tu alrededor. Fulanita se ha quedado en el primer mes de búsqueda y te lo cuenta como si fuera el mayor logro de su vida. Menganita ya va por el segundo cuando Hermano Mayor todavía utiliza su cochecito para sacarlo a pasear. Periquita la de los Palotes se quedó sin proponérselo, de hecho, no entraba en sus planes.

Y, entonces, empiezas a pensar que algo pasa contigo. Porque por mucho que lo intentas, por mucho que lo deseas, por mucho que te mueres por ser mamá, no lo consigues. Se te ha negado ese derecho. Al menos, el derecho de conseguirlo despreocupadamente. Y empieza tu andadura en las consultas del hospital, haciéndote pruebas y más pruebas, buscas información en Internet, te conviertes en una experta en el tema, descubres palabras y términos que ni sabías que existían. Y si tienes suerte como yo, conocerás a mujeres increíbles que pasan por tu misma situación. En mi caso, gracias a un foro de Internet, he tenido el privilegio de emprender mi viaje en la infertilidad de la mano de auténticas luchadoras, auténticas desconocidas que en muy poco tiempo se han convertido en una parte fundamental de mi vida. Desconozco sus verdaderos nombres, todas nos escondemos bajo niks que nos camuflan, pero conozco sus historias personales y sufro y río con ellas como si fueran mis más íntimas amigas. Ellas han aportado serenidad a mi vida y, sobre todo, mucha experiencia. Soy la yogurina del grupo y todas me tratan como si fuera su hermana pequeña. Siempre tienen buenas palabras para mí. Se preocupan y me apoyan tan ciegamente y con tanta intensidad que no puedo dejar de sentirme afortunada por haberlas encontrado.

La infertilidad te quita muchas cosas, pero consigues otras distintas y más valiosas. Amigas cibernéticas en la distancia que se convierten en piezas básicas de tu día y día. Fortaleza, para afrontar los acontecimientos y los hechos inesperados en esta búsqueda. Valor, para soportarlo todo con una sonrisa en la cara. Agradecimiento, algo que no te cansarás de obtener a lo largo de todo este camino. Agradecimiento por tener una familia que te apoya, un marido increíble que hará lo imposible por hacerte feliz, amigas que de verdad te comprenden.

No todo es blanco o negro, todo depende del matiz.

Esta mañana, después de salir de mi consulta en Fertilidad un tanto desanimadilla, fui a visitar a una amiga que acaba de dar a luz. De todos los temas que ella podría haber sacado para hablar, el que yo todavía no sea madre no era el más adecuado en aquellos momentos. “Con lo que a ti te gustan los niños, no entiendo por qué todavía no te animas. Mírame a mí, estoy que no me lo creo”.

¿Y qué haces en ese momento? Sonríes, mientes y cambias de tema. No todas mis amigas saben lo de mi búsqueda, eso es algo que sólo se merecen saber las más íntimas, las que nunca me juzgan, las que siempre apoyan. A amigas como ésta que no tienen ni idea de nada hay que ponerles buena cara, darles una excusa más o menos convincente y cambiar de tema rápidamente, no vaya a ser que quiera que le explique por qué todavía no es el momento para tener bebés!

Lo dicho: No necesito que sea fácil, sólo que sea posible. Sé que en algún lugar me estás esperando, mi pequeña Canica, y cuando nos conozcamos al fin, imagina cuánto te querré.

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