Archivo de la etiqueta: prematuros

RECUERDOS DE INCUBADORA

Recuerdo los pitidos. Constantes, ruidosos, chivatos de cada movimiento de mis hijos. Recuerdo el miedo atroz que sentía cuando se iluminaban las pantallas de sus incubadoras. Se paralizaba el tiempo, mi respiración se aceleraba y un sudor incómodo y frío me recorría todo el cuerpo. “Por favor, que no sea nada”, murmuraba como una oración mientras veía cómo las enfermeras atendían a mis hijos. “Por favor, por favor, por favor”.

Antes no entendía porqué la vida nos proporciona malos momentos como estos. No lograba comprenderlo. Pero ahora todo encaja: a veces hacen falta días malos para apreciar lo bonitos que son los buenos. Cuando veo a mis hijos, sanos y fuertes, comprendo que todo lo vivido ha merecido la pena. Todo, incluso los momentos horribles. Cada vez que me llaman “mamá”, cada vez que agarran mi mano con fuerza para sentirse seguros, en cada ocasión que buscan consuelo entre mis brazos, comprendo que nuestro camino tuvo que ser así, cargado de sustos y miedos, de esperanza y lágrimas de alegría, porque así aprendimos a valorar los pequeños detalles que nos proporciona la vida.

Recuerdo el miedo incontenible en cada reunión con los médicos. Intentaba buscar en su mirada algo más que no dijesen sus palabras. Recuerdo cómo se calmaban mis bebés cuando hacíamos el piel con piel, en silencio y bajo una luz tenue que las dulces enfermeras siempre disponían para nosotros. Era nuestro momento. De paz y de conexión, de sentirnos, de conocernos, de olernos y tocarnos. Y era mágico. Durante esas horas desaparecían las malas noticias, las lágrimas causadas por el miedo y la incertidumbre y los sollozos ahogados que morían a menudo en mi garganta.

Sólo existíamos nosotros tres. Conectados de nuevo. Tres corazones latiendo unidos, protegiéndonos y amándonos, como cuando estaban en mi tripita.

Recuerdo las pruebas, la espera eterna hasta conocer los resultados, lo recuerdo todo. Pero también recuerdo cosas buenas, como la primera vez que abrieron esos ojitos preciosos, o la felicidad suprema que producía saber que habían ganado peso o la primera vez que pude cogerlos y supe que haría cualquier cosa por mantenerlos a salvo.

Recuerdo momentos preciosos durante nuestro tiempo en Neonatos. Momentos a solas, sólo Rubio y yo con nuestros niños, acurrucados en un sofá mientras les cantábamos y no dejábamos de acariciarlos. Recuerdo con cariño cuando uno de aquellos ángeles con uniforme blanco me dijo: “Ya les quedan pequeños los pijamitas, ¿has visto?”. Y lo dijo con una amplia sonrisa en su rostro, feliz por ellos y por nosotros.

Recuerdo muchísimas cosas de esos 46 días que estuvieron ingresados mis tesoritos.

Y, por fin, puedo recordarlas sin sentir dolor en el pecho.

Mis niños están a punto de cumplir 16 meses. Y doy gracias cada día a sus ganas locas de vivir, ésas que hicieron que los cuatro nos fuéramos a casa. Porque consiguieron grandes cosas, a pesar de tener un cuerpo pequeñito. Lucharon cada día para dormir en sus cunas y lo consiguieron.

Ya lo creo que lo consiguieron.

Y no puedo sentirme más orgullosa.

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Y ahora mamá

BIZCOCHITO,CACAHUETE Y YO

Hace casi seis meses que soy mamá. Hace casi seis meses que he cumplido mi sueño por el que tanto luché. Bizcochito y Cacahuete crecen a pasos agigantados, regalándome cada día nuevos avances y aprendizajes. Cada mes aprueban con sobresaliente sus revisiones en el área de Neonatología del hospital y no sabéis lo orgullosa y tranquila que me hace sentir eso. Son dos niños sanos, fuertes, listos, sonrientes y tremendamente observadores. Comen de maravilla, duermen la noche del tirón y sonríen continuamente. No son perfectos, ni mucho menos! Se gastan una mala leche increíble cuando les llega la hora de su biberón  y todavía no está listo, o cuando los visto después de bañarlos. ¡Adoran estar bolas!

Ya no les doy pecho, sólo biberón de leche de fórmula. Eso es algo que crea cierta controversia hoy en día. “¿Por qué no les das pecho? ¿Acaso no sabes que es lo más sano y lo mejor para ellos?”. He escuchado ese tipo de preguntas/acusaciones tantas veces que ni me inmuto. Y no sólo de familiares, sino también de conocidas y vecinas, además de algún que otro médico. Yo misma decidí dejar de darles el pecho y no creáis que me resultó sencillo ni mucho menos. Sentí que lo que estaba a punto de hacer me convertiría en mala madre, que sólo dar la teta era el único y verdadero camino. Así es como te hacen sentir algunas personas hoy en día cuando decides dar biberón a tus hijos.

Pero necesitaba disfrutar de mi maternidad al cuadrado. Y con la teta no lo estaba haciendo. Así que tomé una dura decisión y… no podría ser más feliz. Sí, a veces echo de menos momentos a solas con mis bebés dándoles el pecho, solos en una fusión perfecta, pero lo compensan y sustituyen momentos increíbles de Rubio dándoles el biberón mientras les habla embobado, y ellos responden con carcajadas y sonrisas que atesoro para siempre en mi recuerdo.

Bizcochito y Cacahuete nacieron siendo grandes prematuros, dos meses y medio antes de lo que debían. Dos pequeños hombrecitos curiosos que quisieron conocer mundo antes de tiempo. Con cinco meses y medio, tienen una edad corregida de tres meses y medio y un desarrollo neuronal que corresponde a bebés de prácticamente cinco meses. Es decir, pequeños pero matones. ¡Y me siento tan orgullosa de ellos!

Poco a poco he conseguido crear una cierta rutina en nuestras vidas y los peques parece que llevan mejor el día a día cuando saben lo que va a ocurrir en todo momento. Salimos a pasear cada día, leemos cuentos por las noches y aprovechamos cada preciado rayito de sol siempre que podemos.

A veces los observo dormiditos abrazados a mí y me parece increíble que sean mis hijos, que mi sueño se haya cumplido por fin. Verlos crecer cada día es la mejor recompensa por todo el camino que he atravesado para llegar a ellos.

El 13 de marzo de 2015 me ponían a mis dos últimas estrellitas, a las que nombraría más tarde como Bizcochito y Cacahuete. Mis últimos embriones, después de que la transferencia de Canica resultase negativa. Y ahora aquí estoy, con mis pequeños a mi lado, haciéndome sentir las sensaciones más bellas y puras que existen.

Jamás olvidaré lo que he pasado para poder ser madre, eso es algo que siempre llevaré conmigo, pero todas las lágrimas han merecido la pena. Con creces.

8 comentarios

Archivado bajo Y ahora mamá

Maternidad prematura

Llegaron de madrugada, apenas diez minutos antes de las 6 de la mañana. 30 semanas estuvieron dentro de mí, proporcionándome miedos y alegrías, permitiéndome descubrir el amor verdadero.

Abrieron los ojos al mundo demasiado pronto, todavía no era el momento. Jamás he sentido tanto miedo en toda mi vida. Rotura de bolsa. Contracciones imparables. Cesárea de urgencia. Parto prematuro. Mellizos prematuros. Ingreso hospitalario en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales.

1415 gr.

1530 gr.

Recuerdo el momento en el que nacieron mis hijos como algo frío y cargado de terror. No pude decirles “Bienvenidos al mundo”. “Por favor, luchad, sed fuertes, quedaos conmigo”, fueron los pensamientos que me asaltaron mientras se los llevaban a toda prisa al área de Neonatos introducidos en el interior de una incubadora.

Los escuché llorar y lloré con ellos. No pude verles, no me enseñaron sus caritas bonitas. Fue Rubio el encargado de presentarme a mis pequeños a través de una foto en su móvil mientras me reponía en la sala de reanimación. Eran pequeñitos, demasiado frágiles y vulnerables para este mundo, me necesitaban y yo no podía ni siquiera cogerles en brazos.

Casi dos días después de su nacimiento pude conocerles. Una celadora muy agradable me llevó en silla de ruedas al área de Neonatología para presentarme a mis hijos. Recuerdo ese momento como si fuera ayer: el corazón me bombeaba a toda velocidad, me sudaban las manos y un nudo de preocupación se había quedado atrapado en mi garganta, imposible de tragar. Hacía mucho calor en aquella pequeña sala llena de incubadoras, las máquinas no dejaban de pitar. Las enfermeras me miraban cómplices, sonriéndome y transmitiéndome fuerza. Cuando los vi, desnudos dentro de las incubadoras, me derrumbé. Me llevé la mano a la boca, intentando en vano detener un sollozo que muy pronto se convirtió en un lamento incontrolable.

Me costó un gran esfuerzo dejar de llorar. Bebé I., a pesar de la prematuridad, se encontraba fuerte y sano, aunque aquello no consiguió tranquilizarme tanto como yo había pensado. Bebé E., por el contrario, estaba débil y cubierto por tantos cables que no pude verle la cara hasta que cumplió su primera semana de vida.

Y mientras los contemplaba, pequeños y frágiles, sentí cientos de remordimientos de conciencia culpando a mi cuerpo por no haber protegido lo que más quería, mis tesoros más valiosos. Me duele reconocer que cuando nacieron mis hombrecitos sentí miedo, pánico, un sentimiento atronador que no había experimentado jamás.

Me dieron el alta hospitalaria una semana después de la cesárea y no podéis imaginaros lo desolador que resulta irte a tu casa sin tu bebé. Ya en casa, contaba cada segundo, cada minuto que me faltaba para ir a visitarlos. Mi vida se transformó en algo muy monótono: casa y hospital, y el poco tiempo libre que me quedaba lo empleaba en sacar leche para alimentarlos.

Cada noche se me desgarraba el alma al imaginármelos allí solos, quizás llorando, siendo consolados por otras manos que no eran las mías. Sentí envidia de las enfermeras que bañaban a mis hijos, que pasaban con ellos tantas horas al día, que les cambiaban los pañales, que los consolaban cuando lloraban solicitando cariño. Sentí envidia de todas esas cosas que debería estar haciendo yo.

Ser madre de bebés prematuros es tremendamente duro pero aprendes a apreciar la vida de otro modo. La vida es un regalo y cada pequeño avance de mis hombrecitos me parecía el mayor logro que había experimentado jamás.

45 días estuvimos separados. 45. Es un simple número pero abarca demasiados sentimientos.

Aquella mañana emotiva en la que vestía a mis hijos con la ropa que había escogido para llevármelos a casa la recuerdo con muchísima ilusión. Por fin nos íbamos para casa, por fin comenzaba nuestra nueva vida, por fin seríamos cuatro, por fin mis niños estaban donde tenían que estar: en casa, con sus papás.

Ahora vivo en plena felicidad desde que los tengo conmigo. Adoro mi nueva vida como mamá. Hay momentos duros, la lactancia materna es complicada en ocasiones, pero todo vale la pena con creces. Cuando me levanto por las mañanas y veo esos ojitos de cielo contemplándome desde el otro lado de la cama, sonrío sintiéndome afortunada de todo lo que hemos recorrido y conseguido en estos casi dos meses de vida que tienen mis pequeños.

Y, por fin, después de tanta lucha, puedo dejar de imaginarme cuánto os querré para vivirlo en mi propia piel.

Y todos esos sentimientos se me quedan pequeños.

18 comentarios

Archivado bajo Y ahora mamá