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1997

El valor de mi beta.

Lo desconocía completamente. Cuando me llamaron de la clínica para darme la noticia del positivo, la doctora me comentó que la beta era alta, pero yo estaba tan nerviosa e incrédula que ni siquiera pregunté el valor. Ni siquiera me interesaba. Era positivo y punto, fue lo único que me importó.

Varios días después llamé a la clínica para realizar una consulta y ya de paso pregunté el valor de la beta. Supongo que necesitaba escucharlo para serenarme y tranquilizarme. Me quedé bastante alucinada, me parece realmente alta.

Ahora estoy en ecoespera, deseando que llegue el día señalado y ver si todo va bien. Necesito escuchar ese latido, necesito saber que esto es real.

Los miedos me invaden y no me he permitido disfrutar apenas desde que me dieron la buena noticia hace seis días. Sé que suena egoísta por mi parte, pero no quiero ilusionarme hasta escuchar ese sonido increíble que todas queremos escuchar.

En esto de la infertilidad, los miedos nunca desaparecen, simplemente evolucionan.

Gracias a todas por vuestra alegría y felicitaciones 🙂 Solo os pido un favor más: ¿podéis seguir cruzando los dedos por mí un poquito más?

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REFLEXIONES EN UN DÍA LLUVIOSO

Cuando llueve, mi estado de ánimo cambia y progresa al ritmo que marca la lluvia caprichosa. Estoy acostumbrada a la lluvia y me encanta, especialmente durante las noches, mientras estoy metida en la cama con Rubio quedándome profundamente dormida; pero hay momentos en los que mi estado de ánimo es realmente penoso y la lluvia sólo interviene para deteriorarlo.

Y es entonces cuando me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo observando a través de la ventana en silencio, con la mirada perdida mientras la espesa bruma desciende montaña abajo. Entonces meneo la cabeza de un lado a otro, reprendiéndome y obligándome a regresar al mundo real mientras me aparto de la ventana.

La infertilidad ha aportado a mi vida un auténtico carrusel de emociones que todavía no he aprendido a controlar del todo, a pesar de que lo intento con todas mis fuerzas. Últimamente me ha dado por pensar en Rubio, en cómo se esfuerza por arrancarme una sonrisa siempre que puede, en cómo finge restarle importancia a las cosas para que yo no me preocupe más de la cuenta, en cómo se interesa por todo lo que yo hago para ayudarme y distraerme, en cómo siempre está dispuesto a unirse a mis locuras y en cómo finge que no sufre para que yo no sufra más. Y entonces pienso en las veces que he llorado a lágrima viva abrazada a él, maldiciendo nuestra mala suerte y preguntándole una y otra vez por qué nos tenía que pasar esto. Él se limita a abrazarme con más fuerza, reprime sus lágrimas todo lo posible y limpia las mías mientras me repite una y otra vez que las cosas acabarán saliendo bien, que muy pronto estaremos con nuestro bebé.

Siento en el alma si lo he hecho cargar con demasiado peso debido a mis múltiples bajones desde que entramos en el mundo de la reproducción asistida, siento de todo corazón no haber limpiado sus lágrimas más a menudo y acostumbrarme a que él limpie las mías. A veces hecho la vista atrás y me doy cuenta de todo el camino que hemos recorrido para encontrarnos en el punto en el que estamos ahora, de lo mucho que hemos superado, de los obstáculos que hemos salvado, de lo mucho que hemos luchado. Y sé que no estaríamos en este punto si Rubio no hubiese tirado de mí en múltiples ocasiones, si él no hubiese sido el fuerte de los dos, el que es capaz de soportar más peso a su espalda.

Y de la misma forma que sé todas estas cosas, también sé que últimamente está dolido, tal vez enfadado con el mundo, como lo he estado yo tantas veces a lo largo de este camino. Dolido porque nuestro sueño de ser padres se nos resiste, dolido porque todo el mundo a nuestro alrededor lo consigue sin problemas, dolido porque nos ha tocado vivir esto y no una situación más sencilla y fácil de llevar. Y supongo que también está cansado de ser fuerte y no flaquear nunca, de no venirse abajo para que yo no me caiga con él. Y entonces le miro y esos ojos de color miel plagados de pestañas infinitas me dicen que lo intentará de mil y una maneras hasta lograrlo, que lo imposible sólo tarda un poco más y que si las cosas no han salido bien es porque todavía no ha llegado nuestro final feliz, pero llegará. Y yo creo a sus ojos, siempre sinceros y brillantes, y le creo a él, siempre dispuesto a luchar un poquito más.

La infertilidad nos quita muchas cosas, pero también nos enseña a valorar más a las personas que tenemos a nuestro lado y con las que hemos decidido compartir nuestras vidas. Cuando veo a Rubio interesándose por todo lo que me han dicho en la consulta, pidiéndome que no me deje ningún detalle atrás, pidiéndome que le explique otra vez los pasos a seguir de la FIV, preguntándome por mis chicas de la #infertilpandy o haciendo horas extra para que no nos falte de nada y poder pagar el tratamiento sin morirnos ahogados a final de mes…, siento que no podría haber encontrado a una persona mejor con la que compartir mi vida, porque él nunca defrauda y siempre me empuja a continuar.

Odio la infertilidad con toda mi alma, de todo corazón daría todo lo que tengo por cambiar nuestra situación y no tener problemas para tener hijos, pero lamentándome no encontraré soluciones. Quiero creer que cuando mi sueño se haga realidad, apreciaré la maternidad de otra forma y me sentiré profundamente orgullosa de todo el camino que hemos recorrido para tener a ese bebé a nuestro lado.

Ahora que estamos a punto de finalizar el año, que sólo un mes y unos días nos separan de un 2015 lleno de ilusiones y esperanzas, hago balance de este año y me doy cuenta de que, a pesar de que he vivido unos momentos horribles con mis dos IAs negativas y los quistes residuales que no me dejaban en paz, o el mal rato que me han hecho pasar algunas personas con sus comentarios acerca de porqué todavía no tengo hijos, a pesar de todo eso he crecido y mejorado como persona, me he vuelto mucho más selectiva con la gente que me rodea y he aprendido a valorar muchísimo más lo que tengo.

Tengo unos Super Papás geniales que me apoyan en este camino. Tengo al hombre de mi vida a mi lado, demostrándome cada día que el amor todo lo cura. Tengo una familia estupenda, que siempre está dispuesta a acompañarme a todas mis consultas en la clínica. Tengo un apoyo incondicional gracias a la #infertilpandy, las únicas que no me han hecho sentir sola en este camino. Y tengo muchas ganas de luchar por mis sueños, de verlos cumplidos y que crezcan a mi lado.

Hoy este post también está dedicado a vuestros chicos o maridos… porque ellos se lo merecen todo y más. Por todas las veces que han limpiado nuestras lágrimas tragándose las suyas. Sois la fuerza que nos mantiene en pie!

Y después de la lluvia incesante y agotadora, veo salir el arco iris y respiro profundamente, cogiendo fuerzas para un nuevo asalto.

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COMENTARIOS INOPORTUNOS

Últimamente he estado un poco enfada, molesta, con mi situación y con el mundo en general. Enseguida se me pasa, pero a veces me apetece enfadarme con todo lo que me rodea, patalear como una niña pequeña y coger una rabieta. No me suele durar demasiado, suelo despertarme de bastante bien humor al día siguiente, pero la rabieta durante 24 horas no me la quita nadie.

El otro día estaba yo conversando con una amiga que sabe de lo mío. Sabe que mi mayor sueño es ser mamá, pero que las cosas se me están complicando un poquitín. Me ha visto derramar alguna que otra lágrima, ha conocido la peor parte de mí. Hace apenas un par de meses, me decía que ella todavía no estaba preparada para ser madre, no se veía teniendo un bebé y que, además, prefería esperar un tiempo y que lo que más le haría ilusión era que yo lo consiguiese, porque sabe lo mucho que lo deseo. Le agradecí sus palabras y le dije que se plantease ser madre cuando estuviese preparada, cuando ella sintiese que había llegado el momento. Resulta que el otro día, estando con ella y otras amigas, nos dijo que en cuanto empezase el nuevo año, se pondría a buscar el bebé. Me pareció un poco raro, dado que me había dicho lo contrario hacía menos de dos meses, pero tampoco le di mucha importancia. Cada uno es dueño de su vida y de cambiar de opinión las veces que le dé la gana, yo misma he cambiado de opinión en algunas cosas a lo largo de mi vida. Lo que ya no me pareció tan empático (sabiendo lo que me ocurre a mí) fue tirarse toda la tarde hablando de cuando esté embarazada, de lo que quiere hacer cuando esté embarazada, de que si prefiere niño o niña, de la sillita que se compraría, de cómo le llamaría, de qué color pintaría la habitación, de lo mucho que disfrutaría su embarazo… y un largo etcétera.

Unos días más tarde, volviendo al mismo tema, me dejó caer disimuladamente que había preferido no esperar porque no quiere que le pase lo mismo que a mí. Bien, Elora, serénate, coge aire y respira profundamente. Y es entonces cuando yo finjo una sonrisa, pongo buena cara, le digo que no piense tan negativamente y cuando regreso a casa estoy hecha una auténtica mierda. Y es que estoy cansada de ser cuidadosa y empática con los demás y no recibir la misma moneda a cambio.

Estoy cansada del inoportuno “Seguid esperando, ¡ya os arrepentiréis de no haberlos tenido antes!”, del consabido “¿Y vosotros para cuándo?” o del recién estrenado “Vais a tener que encargar el bebé a los Reyes Magos, a ver si así os animáis de una vez”, haciendo referencia a las futuras fechas navideñas… Pues mire señora, no me toque más los clarinetes, porque en algún momento dejaré de ponerle buena cara y mandarla a un buen sitio que yo me sé.

Y, a veces, sólo a veces, tengo ganas de explotar y gritarle al mundo que me deje en paz, que se pare porque yo me bajo. Las cosas no son tan fáciles como la gente se cree, a veces todo sale del revés. Porque lo último que se imaginan es que una pareja tan joven como nosotros tenga problemas para tener un bebé.

Y ahí estamos nosotros, un par de enamorados deseosos de ser papás. A veces contemplo nuestra historia desde fuera, como parte del público de una obra, una mera observadora de la vida de unos jóvenes que luchan contra la frustración y la infertilidad. Y ahí está esa bonita pareja, ilusionada, embarcándose en la aventura de la búsqueda de su bebé. Sí, empiezan con mucha ilusión, eso está chupado, en un par de meses lo habrán conseguido. ¿Cuál sería la forma más original de decírselo a las familias? ¿Qué tal si ella se pinta algo en la barriga, él le saca una foto y se la envían a sus padres? ¡Imagínate la cara de esos futuros abuelos, darían saltos de alegría! Sí, eso parece una buena idea, pueden hacerlo cuando tengan su positivo, que seguro que está al caer. Después de unos meses de intentonas prueban con los test de ovulación y entra en juego el “hoy toca y mañana no”, y si te duele la cabeza da igual, porque hoy toca y no te puedes escapar, y si estás cansado de trabajar lo lamento mucho, pero esto es lo que hay. Empiezan a inquietarse un poco pero no lo quieren reconocer y la gente de su alrededor comienza a decirles que se relajen, que esa es la clave para todo…

Y cuando están a punto de cumplir su primer año de búsqueda se encuentran con que no tienen bebé, que todavía no lo han conseguido y se sienten más perdidos que un pulpo en un garaje. Y ella comienza con un nuevo ritual diario: onagra y ovusitol, el santo grial para la infertilidad, o eso pensaba. Pero nada funciona y buscan un doctor que les ayude, pero no resulta fácil porque hay mucho incompetente con título, hasta que por fin encuentran a uno dispuesto a echarles una mano. Y venga analíticas hormonales; ella, que siente auténtico pavor de las agujas, se cura de sus fobias en contra de su voluntad.

Vaya, esa FSH está un pelín alta. Uy, el estradiol qué mal está. Caray, qué hormonas más locas tienes. Venga, vamos a hacer más analíticas, a ver qué pasa. Y aparece el SOP, ese puñetero que no la deja bajar de peso. Y les recetan Omifin, y ellos piensan que ahora sí que sí, ahora sí que lo van a conseguir porque esas pastillitas son la solución a todos sus problemas. Tienes que tomártelas de tal día a tal día, y tenéis que mantener relaciones estos días en particular, y veréis qué pronto os quedáis embarazados. Y venga, pastillitas al canto, y si en unos meses no lo conseguís, volvéis por la consulta.

Se encuentran con que ha pasado más tiempo del que les gustaría, que San Omifin no ha funcionado y mientras a su alrededor la vida sigue, hay embarazos y bebés por todas partes y comienza la dichosa frasecita: “¿Y vosotros para cuándo?”. La lista de la seguridad social es muy lenta y empieza el peregrinaje por las clínicas de fertilidad hasta que una parece convencerles lo suficiente como para dejarse el sueldo entero allí. Llega el momento de la temida histerosalpingografía, no era para tanto, sale airosa de la prueba. Empiezan las inseminaciones y se sorprenden de lo caro que es el mundo de la infertilidad, ¡nunca habían gastado tanto en una farmacia! Y ella casi se desmaya al contemplar las dichosas agujas y jeringuillas, y aunque en la clínica le proporcionan una clase rápida de enfermería y de cómo aplicarlas, ella siente auténtico pavor cada vez que tiene que preparar la dosis.

¿Y durante cuándo tiempo se tiene que pinchar? Pues no se sabe, porque debido a su SOP no se sabe cómo va a reaccionar su cuerpo. Y se pincha como buenamente puede durante diez días, reprimiendo el miedo y la angustia, y se siente una auténtica campeona. Controles cada tres días, su cuerpo reacciona bien, inseminación programada para tal día. Ay, no, que su marido tiene que trabajar ese día y le tocará ir sola. Bueno, no pasa nada, él llevará la muestra primero y ella aparecerá una hora más tarde. Y creen que esta vez sí que lo van a conseguir, porque ya les toca, ¿no? Pero no, a cambio obtienen un negativo como una casa y lo vuelven a intentar. Pero hay que pararlo todo durante un mes al menos, ha salido un quiste residual y así no se puede continuar. Más controles, píldora anticonceptiva y esperar que el dichoso quiste de las narices haya desaparecido. La doctora da el visto bueno por fin, vuelven a empezar y otra vez los pinchazos en la barriga, controles, excusas y mentiras en su entorno, nueva inseminación programada y nuevas esperanzas. Esa vez sí que puede acompañarla su marido, y qué bonito sería salir de allí embarazados, ¿verdad? Pues no, porque cuatro días antes de la beta ella empieza a manchar y todo se acaba. Negativo otra vez.

Después de todo esto, de los malos momentos y las lágrimas, ella sale a pasear con sus perritos, buscando desconectar y evadirse del mundo cuando una vecina inoportuna le pregunta: “¿Estás embarazada? Es que te veo más ancha y a mí me pasó justo eso cuando me quedé embarazada…” Y ella finge una sonrisa e intenta no estrangular a esa vecina chismosa que tanto daño le ha hecho con sus palabras.

“Y vosotros, ¿no tenéis pensado tener hijos?”, les dicen, y ella siente que se rompe por dentro, que ya no puede más, que las fuerzas empiezan a fallar… Y, mientras, todo el mundo a su alrededor es más fértil que ellos, la pareja más inesperada se queda embarazada y mientras ellos continúan luchando cada día para vivir el momento que viven los demás. Se pasan a FIV, se hacen más pruebas y ahora sólo esperan el momento adecuado para empezar, con sus esperanzas e ilusiones machacadas y bastante doloridas. Y, entonces, cuando ella se siente más frágil y vulnerable, una amiga le dice que no quiere pasar por lo mismo, que no quiere tardar tanto en ser mamá.

Y ella… ella solo puede fingir una sonrisa y reprimir las lágrimas, ya saldrán cuando llegue a casa y se acurruque en el sofá sintiéndose pequeñita.

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HAY UNA EXTRAÑA EN MÍ

A veces creo que no me reconozco. A veces sospecho que hay una extraña conviviendo en mi interior que desbarajusta mis pensamientos y mis ideas más profundas. Porque a veces, en la gran mayoría de las ocasiones, me siento cambiada, distorsionada, modificada en contra de mi voluntad. Siento que ya no soy la misma y, echando la vista hacia atrás, he llegado a reconocer que me costará mucho esfuerzo ser la persona que era antes: despreocupada, ingenua, soñadora… incluso más feliz, menos triste.

Estos últimos días (o semanas) no han sido fáciles para mí. En el fondo de mi ser, sabía que me pasaría factura el no haber derramado ni una sola lágrima después de mi segundo negativo. Soy una persona muy emocional, me cuesta horrores controlarme y cuando tristemente comprendí que no llegaría a la beta, fui incapaz de llorar. Ni una sola puñetera lágrima. Ese día me transformé en una persona fría como el hielo, distante, cubriéndome de una capa de indiferencia que consiguió hacerme sentir que el dolor no era mío, que la situación no iba conmigo, que todo el asunto de la infertilidad me resbalaba completamente. ¿Otro negativo? Bah, qué más da. ¿Todas mis ilusiones al cubo de la basura? ¡Pues que se vayan! ¿Y qué vas a hacer ahora, bonita, vas a llorar hasta quedarte sin lágrimas? Que le jodan, ni siquiera me apetece venirme abajo.

Al menos, eso pensaba yo. Los días posteriores al negativo los viví como si no hubiera pasado nada. No me apetecía pensar en el tema, lo último que me apetecía era trazar un nuevo plan de ataque. Qué más da. Y conforme han pasado los días, una sensación muy incómoda se ha ido instalando dentro de mí. Una sensación de miedo brutal, de desazón, de dolor inmenso por lo que pueda pasar. Tengo que reconocer que la ilusión con la que comencé la búsqueda de mi bebé ha desaparecido en cierta medida. Yo empecé esta dulce búsqueda pensando que las cosas serían mucho más fáciles, que sería cuestión de tiempo que nuestro pequeño llegase a nosotros; sin embargo, dos años después, la sensación que describe esta situación es totalmente amarga.

Aunque me duela, tengo que reconocer que el segundo negativo me ha hecho mucho más daño que el primero. En mi primera IA negativa lloré hasta quedarme sin fuerzas, descargué toda mi impotencia y mi dolor en cada lágrima derramada y pasados unos días, el dolor se fue mitigando hasta convertirse en una espinita clavada en mi corazón malherido. Pero esta vez ha sido diferente, el cuerpo no me pedía desahogarme, me exigía quedarme como estaba sin mostrar reacciones. Ese muro que he levantado torpemente para protegerme me ha pasado factura porque desde entonces arrastro una losa incómoda y pesada que me acompaña en mi día a día sin poder evitarlo. Y cuando menos me lo esperaba, cuando creía que ya no pasaría, me he encontrado llorando en la soledad de mi cuarto, mirando a través de la ventana caer la lluvia mientras la niebla bajaba lentamente desde la parte más alta de las montañas. Y así, en silencio, admirando la belleza de mi alrededor, yo me descomponía en lágrimas llenas de dolor, frustración e impotencia. La peor de las lágrimas.

He explotado. Demasiado tiempo reteniendo en mi interior sentimientos que se me atragantaban en la garganta. Demasiado tiempo soportando un dolor incomprensible en mi pecho. Demasiado tiempo fingiendo ser alguien que no soy, engañándome a mí misma de que el segundo negativo tampoco dolía tanto.

Y del mismo modo que sé que no me encuentro en el mejor de mis momentos, sé que resurgiré de mis cenizas para afrontar un nuevo proceso con la mejor de mis sonrisas. A pesar de las circunstancias hay que ser positivos y enfrentar los miedos. No es fácil, pero voy a intentarlo. Quiero intentarlo.

Tengo muchas esperanzas depositadas en nuestra inminente FIV, puede que sea la solución idónea para nosotros y por fin podamos sentir que esta pesadilla ha llegado a su fin. De todas formas, prefiero ser precavida y dar pequeños pasos; decidida pero con los pies en la tierra.

Y, algún día, puede que todo esto sólo sea un recuerdo de la lucha más intensa de toda mi vida.

Seguiremos intentándolo volcando nuestra ilusión en cada intento porque creo firmemente que ese bebé cada vez está más cerca de nosotros. Te esperamos, mi cielo, no puedes imaginarte con cuánto anhelo.

Duerme, duerme, aquí estaré,

las nubes serán tu colchón.

Que ni el viento ni la brisa te dejen

de acariciar, pues tú eres mi DON.

Duerme, duerme…

Te quiero, tesoro. De un modo que hasta duele.

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LA INFERTILIDAD Y YO

Siempre he sido una soñadora. Sí, soy de esas personas que sueña despierta constantemente. Bueno, en realidad, lo era. Uno de los aspectos que la infertilidad ha cambiado en mí es mi espíritu soñador. Lo sigo teniendo, pero en menor medida. Sueño y sueño que mi deseo se haga realidad, pero me he dado cuenta de que esto no es coser y cantar, no es llegar y salir victoriosa; esto es mucho más: incertidumbre, miedo, dudas, lágrimas…

Me gusta poner la música a todo volumen cuando estoy sola en casa y cantar hasta quedarme sin voz. Siempre hago reír a mis amigas, ellas se lo pasan pipa conmigo. Me chifla pasar tiempo con mis peludetes, ellos son mi vida entera! Les hablo como si pudieran entenderme y me muero de risa cada vez que hacen algo gracioso (que suele ser muy a menudo!). Me encanta salir a cenar fuera con mi marido, pasar tiempo con él y reírnos a carcajadas hasta que me duele el estómago. Esa, en esencia, soy yo. Esos días soy yo, la de siempre, la chica soñadora que habla con sus perros y se ríe por cualquier cosa. Y, otros días, ni siquiera me reconozco.

A ratos creo que no soy la misma, que he cambiado. Hay días en los que me siento absolutamente perdida y aterrada, buscando la salida de un problema que no sé si tiene un final feliz. Lucho contra algo que jamás imaginé que me pasaría. La infertilidad ha trastocado tanto mis planes que me encuentro a la deriva, desorientada y terriblemente asustada. Creo que siempre he sabido que quería ser madre, había algo en mi interior que me decía que eso era para mí, que me encontraría como pez en el agua entre pañales, noches sin dormir y un bebé en mis brazos. Supe, desde muy pronto, que ser mamá lo sería todo para mí y ahora me encuentro aterrorizada por si nunca lo consigo.

Rubio no lo tenía tan claro como yo. Sí, él quería ser padre, pero no tenía tanta prisa como yo. A medida que fueron pasando los años, vi ese cambio que se estaba gestando en él: jugaba con los niños, les escuchaba, les hablaba, se lo pasaba en grande con ellos. Y supe que él también se moría por ser papá. Y su deseo es tan grande, su ilusión es tan gigantesca, que cada noche me acuesto con el dolor de saber que, por ahora, no puedo darle lo que tanto desea. Y esa es la puñetera verdad: nuestro bebé no llega y yo le veo sufrir. Sufre por mí, sufre por nosotros, sufre porque no siempre puede detener mis lágrimas, sufre por lo que nos está pasando y no lo puede solucionar.

La infertilidad es una mierda, de las grandes y de las gordas. Modifica todos los aspectos de tu vida, dejándote dolorida y asustada como no lo habías estado jamás. Antes me encantaba tener a los bebés en mis brazos, era una de esas locas que siempre ponía caras graciosas a los niños cuando no miraban sus madres. Ahora intento no hacer esas cosas. No me malinterpretéis, de verdad, no soy una persona maligna y despreciable. Simplemente no me gusta sufrir. Me duele en el alma ver lo que yo no puedo tener, de modo que intento pasar el menor tiempo posible rodeada de niños por mi bien. Es como una coraza, un muro que he levantado a mi alrededor para protegerme y no sufrir más de la cuenta. Por alguna extraña razón, a los niños les encanta pasar tiempo conmigo y aunque no puedo evitar mirarles con una ternura desmedida y un cariño infinitos, siempre siento un pinchacito en mi corazón que me advierte de que me ponga en guardia, de que no haga desaparecer mi coraza con tanta rapidez.

No poder ser mamá es lo peor que me ha pasado jamás. Lucho contra algo que no sé si podré derrotar algún día. Muchas veces me pregunto: ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿Por qué nosotros?, pero esas preguntas nunca tienen respuesta. Es algo que me ha tocado vivir y punto, no puedo darle muchas vueltas.

Las dos IA negativas a las que me he sometido me han hecho mucho daño. Deposité en ellas todas mis ilusiones, todos mi sueños, mis deseos más profundos… y los de Rubio también. Pero la infertilidad se ha encargado de ponerme los pies en la tierra, de hacerme ver que esto no es tan fácil como yo me pensaba. Y ahora, descontando el tiempo para comenzar la FIV, siento que estoy muy asustada. ¿Funcionará? ¿Se cumplirá mi sueño por fin?

Sé que con Rubio a mi lado puedo hacer frente a cualquier cosa, pero no me gustaría quedarme sin fuerzas antes de llegar al final. No voy a rendirme hasta tener a ese bebé entre mis brazos, lucharé lo que sea necesario y aunque todo sea tan difícil no dejaré de pensar que algún día lo conseguiremos.

No dejaré de buscar ese bebé tan especial porque sé que a su lado está nuestra felicidad más absoluta.

Te esperamos, mi cielo.

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NI BUENO NI MALO

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Esta mañana he vuelto a La fábrica de sueños para realizarme la siguiente ecografía de control y comprobar el estado del folículo del demonio que ha decidido quedarse conmigo a toda costa. Tal y como sospechaba, el puñetero quiste no ha desaparecido ni empequeñecido; el muy cabrito parecía sonreírme con suficiencia y arrogancia desde la pantallita, burlándose de mí.

He de reconocer que me he llevado un chasco enorme. Confiaba en que hubiese desaparecido, que pudiese comenzar la IA sin ningún tipo de lastre pero, al parecer, eso no puede ser. De todas formas, el gine me ha dicho que no demoraremos el proceso más tiempo y que en mi próxima regla comenzaremos el tratamiento. Debería alegrarme con la noticia, es lo que estaba deseando oír desde hace varias semanas pero, en cambio, me siento apática, rara, extraña. No siento nada. Ni calma ni desasosiego. Nada. Me encuentro indiferente con la noticia y desconozco del todo las razones.

Supongo que no confío demasiado en la IA. Supongo que todo se reduce a que cada día aparece algo nuevo que ralentiza este proceso. Supongo que hoy mi mente necesita descansar. Últimamente, el tiempo ha pasado muy despacio. Incluso demasiado. Los días se hacían eternos, monótonos, iguales, sin novedad. Me gustaría confiar ciegamente en nuestro tratamiento, pero me da miedo que la IA no sea nuestra solución. Ojalá me equivoque, pero si no fuera así, estoy segura de que Rubio y yo nos iríamos a una FIV de cabeza con toda la ilusión del mundo, deseando cumplir nuestro sueño. Y cuando conozcamos a nuestra Pequeña Canica por fin, mi alma se sentirá increíblemente completa.

Son muchos sentimientos los causantes de que sienta que estoy atrapada en el tiempo. Supongo que el fondo estoy cansada, harta y dolida con la infertilidad. Sí, porque me duele la infertilidad. Es un peso excesivo que, en contadas ocasiones, consigue detenerme y paralizarme. Tal y como me ha ocurrido ahora. Supongo que este viaje hacia la maternidad se ha alargado demasiado. Más de dos años de negativos, de continuas esperanzas tiradas a la basura, de ilusiones rotas, de lágrimas imposibles de detener, de gargantas rotas por los sollozos, de tocar fondo y volver a intentarlo otra vez. Sí, me pesa la infertilidad. Me duele. Me destroza. Y aunque intento sacar siempre el lado positivo de las cosas, a veces no puedo. Este camino se ha alargado demasiado y no ha hecho más que empezar. Sé que tengo que ser fuerte para sobrellevar todo este proceso, pero hay días que sólo me apetece maldecir y enfadarme con el mundo. Que sí, sé que no me ayuda en nada, pero me apetece, qué leches. Y ahora que empieza lo verdaderamente serio, que nos hemos metido de cabeza en un tratamiento de reproducción asistida, los miedos revolotean en mi cabeza. No quiero perderme a mí misma en esta búsqueda. No quiero adentrarme en un laberinto de tratamientos fallidos que sólo me aporten tristeza y malos momentos. No quiero obsesionarme con la idea de ser mamá y ser infeliz por no conseguirlo. No quiero olvidarme de todo lo que me rodea, no quiero no disfrutar de mi vida por estar demasiado cegada en una idea. Encontrar el equilibrio es algo básico en este proceso. Y yo espero encontrarlo muy pronto.

Supongo que hoy me encuentro tan extrañamente extraña porque, volviendo de la clínica, me puse a revisar mi lista de contactos de WhatsApp por puro aburrimiento y lo que destacaba por encima de todo eran las fotos de bebés y barrigas de embarazadas. Gente que lo ha conseguido sin esfuerzo, sin saber lo mucho que cuesta, lo mucho que duele cuando no lo consigues. Y yo veo mi sueño todavía muy lejano y no puedo evitar entristecerme. Estoy segura de que en unos días estaré mejor y que esto no es más que un bajón pasajero que todas experimentamos a lo largo del camino, así que prometo escribir mucho más positiva mi próxima entrada.

Me duele mi estado de ánimo extraño más que a nadie, de modo que haré todo lo posible por reponerme. En el fondo, sé que también me afecta que Rubio se haya tenido que ir a trabajar fuera durante dos semanas. No poder compartir esto con él me ha dolido más de lo que yo creía porque él siempre consigue arrancarme una sonrisa a pesar de mi lamentable estado de ánimo. Esta vez se me ha juntado un cóctel de sentimientos que finalmente ha decidido explotar por su cuenta. Soy una persona que se guarda las cosas y eso me ha pasado factura. Fingir que todo va bien delante de los demás es demasiado agotador.

A pesar de todo, no pierdo la sonrisa. Algo muy bueno tiene que estar esperándome cuando acabe todo esto.

“Al final todo va a salir bien. Y si no ha salido bien, es que todavía no es el final”.

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REFLEXIONES DE UNA INFÉRTIL

Desde hace algún tiempo, he estado dándole vueltas al asunto de los sentimientos que experimenta toda mujer infértil a lo largo del largo proceso de diagnósticos, tratamientos, consultas, miedos e incertezas. La infertilidad, no nos engañemos, no tiene cosas buenas. Sí, puedes obtener más paciencia, valentía y fortaleza, aprendes a valorar las pequeñas cosas y das importancia a cosas que antes no las tenían, pero todo ello es consecuencia del mal momento que estás viviendo. Para mí, el peor sentimiento que me ha otorgado la infertilidad es la soledad. Te sientes sola, aislada e incomprendida porque nadie entiende tu dolor. La soledad es un sentimiento terrible que te devasta por dentro, alcanzando cada rinconcito de tu corazón, haciéndolo pedazos.

He llorado demasiadas veces en la soledad y el silencio de mi cuarto, aprovechando que Rubio estaba trabajando y así no se percataría de mis ojos hinchados y llorosos llenos de dolor. He llorado demasiadas veces en soledad para así ahorrarle a Rubio un trago amargo que soportar tras un día duro de trabajo. Porque él se ha tragado sus lágrimas para limpiar las mías, ha fingido sonrisas para evitar mi preocupación, ha sacado la fuerza suficiente para tirar de los dos en este largo camino, ha fingido demasiado tiempo sus “Estoy bien” como para que resulten creíbles. Y, ahora, que siento que el tiempo se ha detenido cruelmente a mi alrededor, lo último que deseo es cargarle con más peso del necesario.

Llega un momento en que la rabia te domina en contra de tu voluntad. No comprendes qué es lo que pasa, porqué te tiene que pasar a ti, porqué tú eres diferente, porqué no puedes cumplir tu sueño, porqué no puedes ser mamá si es lo que más anhelas en el mundo. Y sientes rabia de lo que te está ocurriendo, rabia de que tu sueño se aleje cada vez más, rabia de que todas las mujeres de tu alrededor lo consigan sin esfuerzo. Y te sientes un bicho raro, diferente, incomprendida y enfadada con el mundo. Sí, porque enfadarse con el mundo es un sentimiento más que experimenta una infértil. Te enfadas, pataleas y maldices, dolida de que algo tan extrañamente sencillo para las demás, para ti suponga todo un desafío a tu paciencia, perseverancia y cuenta bancaria.

Otras personas quieren un coche nuevo, un trabajo mejor, unas vacaciones. Tú sólo quieres ser mamá. Todo lo demás es secundario, carece de importancia. Y quieres ser mamá porque sabes que te sentirás tan condenadamente completa y realizada, que no ves el momento de que te ocurra a ti.

La infertilidad es dolorosa, muy dolorosa. Se sufre muchísimo, a veces incluso más de lo que creías soportar. En muchas ocasiones, nos da vergüenza hablar de ella, parece que hemos hecho algo malo, nos sentimos extrañamente juzgadas, y nada más lejos de la realidad. La infertilidad es una cuestión de azar, te señala con el dedo aleatoriamente y resultas elegida para uno de los momentos más duros de toda tu vida. La infertilidad sigue siendo un tabú en nuestra sociedad, en nuestro círculos de amigos, en nuestra familia, en nuestro trabajo. Hay muchos prejuicios respecto a ella, la gente opina sin saber, haciéndote daño con sus ignorantes palabras. A mí, como infértil, en ocasiones me ha dado vergüenza decir el problema que tengo. Me da vergüenza decir que tengo una amplia experiencia en médicos, que estoy cansada de que me quiten sangre para las analíticas, que he perdido el pudor a que me vea un ginecólogo diferente cada vez, que he experimentado el mal rato que se pasa esperando a que te recojan una muestra de semen en el laboratorio del hospital. Me da vergüenza admitir que he llorado demasiadas veces, que me he roto por dentro tantas veces que ya he perdido la cuenta. Me da vergüenza decir que soy infértil, que no puedo ser mamá, que no puedo tener hijos, porque me da mucho miedo la respuesta de la otra persona que está escuchando. Porque a veces tienes que aguantar tantas tonterías que lo único que te apetece es darte media vuelta y marcharte de allí, dejando a la otra persona con la palabra en la boca.

Aunque yo he decidido decírselo a muy poca gente, tengo que soportar igualmente a la vecina pesada que no para de preguntar que a qué estoy esperando, que ahora que estoy casada es el momento de tener bebés, que yo para cuándo, que medio pueblo está embarazado y yo porqué no… Y así todos los días. Día tras día tienes a alguien recordándote que tú no puedes tener un bebé. Ya sea una conocida, una vecina o una amiga, sabes que el cualquier momento van a hacerte esa pregunta tan odiosa: ¿Y tú para cuándo? Y lo único que se te pasa por la cabeza en ese momento es que lo estás intentando, que te mueres por ser mamá, pero que no puedes. No puedes ser madre y es lo más doloroso que has experimentado en tu vida jamás.

He escuchado demasiadas veces el dichoso “Es que estás obsesionada”, “Todo está en tu cabeza”, “Cuando te relajes, te quedarás embarazada”, y cada maldita vez que lo dicen de nuevo, me sigue pareciendo la gilipollez más grande que sale de sus bocas. Yo soy de las que piensa que si no tienes nada bueno que decir, mejor cállate. Si no sabes cómo animarme, no me digas nada. No lo estropees con un estúpido comentario que he escuchado demasiadas veces. Tanto si dices que eres infértil y tienes un problema como si decides no decirlo, tienes que aguantar opiniones duras carentes de tacto y empatía que hacen muchísimo daño. La gente no tiene ni idea de lo duro que es un tratamiento de fertilidad o vivir en primera persona los problemas que ocasiona la infertilidad.

Sólo puedo agradecer eternamente tener a Rubio a mi lado, porque él no necesita rellenar los silencios con palabras estúpidas o aplacar mis lloreras con comentarios tontos que no vienen a cuento. Él se queda junto a mí, me abraza con fuerza y deja que me desahogue, esperando en silencio que mis lágrimas dejen de brotar. Y eso no tiene precio. No hay nada comparable a la sensación de que pase lo que pase, él estará ahí para mí. Porque incluso perdiendo, estoy ganando teniéndolo a mi lado. Rubio merece cumplir su sueño y cada día me duele más que todo esto se haya puesto tan complicado para nosotros. Que me hayan dicho que no podré ser madre de manera natural y que sería un milagro que lo consiguiese de esa forma me ha dolido más de lo que yo pensaba. Sí, he aceptado que necesito recurrir a la reproducción asistida, pero no por ello resulta menos doloroso.

Y a ti, mi bebé, sólo quiero que sepas que mamá te está buscando, que está deseando que aparezcas para cambiar su vida y que no dejará de buscarte, aún incluso cuando las fuerzas fallen. Porque algún día te tendré entre mis brazos, mi chiquitín, y podré imaginarme por fin cuánto te querré.

P.D.: He vuelto a la clínica y el folículo persistente todavía no ha desaparecido. Me han recetado la píldora anticonceptiva durante quince días y si así tampoco desaparece, continuaré con la píldora y la IA quedará pospuesta. Espero daros buenas noticias muy pronto! Cruzad los dedos!

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